Ilegales, el grupo rock que predijo la crisis política y financiera

La mejor garantía de que un documental va a funcionar es escoger una buena historia. Repasar la carrera de Ilegales hace imposible el aburrimiento. El problema, de hecho, es que difícilmente se puede contar en profundidad. A pesar de todo, ‘Mi vida entre las hormigas’, de Chema Veiga y Juan Moya, supera holgadamente la cuatro estrellas. Especialmente brillante es el arranque, una mezcla de fotos poco conocidas, recursos de cómic y entrevistas de la época, con titulares de prensa tipo “Ven aquí burra que te voy a sodomizar”.

Jorge Martínez es un guitarrista cavernícola, que paseaba por Gijón con un palo de hockey buscando chicas, drogas y pelea, no siempre por este orden. El momento más hilarante es el relato de cómo se cuelan en una farmacia para robar anfetaminas y se sienten tan a gusto que no salen hasta las siete de la mañana, con el encargado a punto de abrir. Una disquera de Madrid rechaza sus primeras canciones, pero su paisano Víctor Manuel llega al rescate pagando la grabación y metiéndoles en otra multinacional. Ilegales son el mejor grupo de rock español, por eso parece lamentable que este documental se haya tenido que financiar recurriendo al ‘crowdfunding’. Otra prueba de la precariedad de nuestra industria del cine y de la música, caso de que existan.

Nostradamus punk

Jorge Martinez no es un rockero habitual, sino el descendiente de una estirpe aristocrática, lector de Quevedo y Juvenal, residente en un palacete abandonado, donde pasa el tiempo solo entre guitarras eléctricas y soldaditos de plomo. Rozando los sesenta años, tiene mejor aspecto que muchos colegas cuarentones. Pero lo más impactante es su capacidad para adivinar nuestro presente político décadas antes de que hubiera pistas. Un ejemplo temprano puede ser la letra de ‘Yo soy quien espía los juegos de los niños‘ (1982). Ojo a estos versos preclaros: “Diez mil obreros en paro/ esperan en la plataforma, de suicido colectivo/ Madame Claude se abanica/ con sus acciones, devaluadas al cincuenta por cien/ Nuevos cantantes hacen el ridículo/ en viejos festivales como Eurovision”.

Estos cuatro versos de los primeros ochenta ya se olían la debacle financiera, la crisis del Estado del Bienestar y el “gallo” de Manel Navarro en Ucrania (o, al menos, la irrelevancia del pop comercial). No es una causalidad cósmica: escuchar ‘Europa ha muerto‘ (1986) también hace pensar en la actual implosión del viejo continente. Y ‘Tiempos nuevos, tiempos salvajes‘ (1982) podría servir de sintonía electoral a Trump, Le Pen o Amanecer Dorado. No juzguen demasiado rápido himnos provocadores como ‘Heil Hitler‘: su postura es que la brutalidad del sistema no permite hippismos, sino que exige endurecerse para sobrevivir.

Perder el tiempo follando

En el metraje se habla de drogas y también de rock and roll, pero apenas se trata el sexo. Solo lo menciona Pablo Carbonell cuando reconoce que no se acostó con un ligue porque ella mencionó en la cama que acababa de follarse al cantante de Ilegales y que había sido brutal. A pesar de su descaro macarra, Jorge no se prodiga en detalles de sus hazañas en la cama. Así lo explicaba hace siete años, la última vez que le entrevisté: “He perdido muchas horas de mi vida follando. El sexo es una simple repetición: dentro, pumba y fuera. Luego alargas más o menos la cosa. (…) A los humanos nos encanta el sexo porque somos muy cómodos: el algo que te da un placer inmediato, frente a otras emociones que requieren más búsqueda y esfuerzo por tu parte”. ¿Cómo se quedan?

La lucidez de Martínez empapa todo el documental, como cuando pulveriza La Movida en una sola frase, pronunciada como quien no quiere la cosa: “Algunos querían convertirse en un bote de Colón y acabaron consiguiéndolo”. Posiblemente la mejor sentencia que se ha dicho sobre Alaska y demás pop warholiano cañí, que sirvió de banda sonora del rodillo del PSOE. También lamenta que la cadena SER vetase una de sus mejores canciones, ‘Me gusta cómo hueles’, por abordar el suicidio.

Macarra implacable

Jorge Martínez es una combinación de inteligencia e instinto animal. Lo explica bien Igor Paskual, guitarra de Loquillo, cuando cuenta que su forma de hacerte notar una pifia es darte un cabezazo en mitad de un concierto. “Después de eso, no me volví a equivocar”, reconoce. Paskual admira su minimalismo como guitarrista, su manejo del aire y los silencios, el hecho de que ninguna nota está por estar. Recuerdo a Martínez en un concierto de aniversario de la revista Rockdelux, cagándose en tiempo real en la orquesta indie que se había montado para la ocasión. “Me sorprende ver lo mal que toca mucha gente. Llevaban los saxos en brillante, una afinación que se usa para pasacalles. Les pedí que los afinaran, pero no fueron capaces. Fui lo suficientemente desagradable para señalar a un par de músicos y decirles que no tocaran”. Su cultura musical es enorme, va de la guaracha al punk, de Robert Gordon a Luke Haines, pasando por la devoción al primer rock español, léase Los Bravos y Los Canarios de Teddy Bautista. En el documental reivindica la influencia de la música de nuestro país en clásicos sementeros como ‘Love’ o la raíz mambo del himno gargero ‘Louie, Louie’. Martínez era capaz de pegarse con dueños de salas por no tener un equipo digno. Claro que, especialmente al principio, se pegaba con todo Cristo.

Estrellas en el Cono Sur

El momento impagable son las imágenes de sus giras por América Latina, donde llegaron a llenar estadios de fútbol de Colombia, Chile y Ecuador. Tocaban con policía entre bastidores, sabiendo que los agentes tenían la misión de asegurar que no incluyesen himnos explícitos como ‘Eres una puta‘. La cosa terminó como tenía que terminar, con la prensa derechista culpándoles de cualquier daño y el mánager apremiándoles a huir antes de que alguien terminase en la cárcel.

Más allá de los imágenes del documental, Martínez recordaba así esos días: “Empezamos a ir a Sudamérica en 1987 y nos han expulsado injustamente de varios países. El ambiente que se creaba era como el de los Rolling Stones en los años sesenta. En Chile tocamos en el Estadio Nacional y pillamos al promotor escapándose con el dinero en bolsas negras de basura. Mi mánager tuvo que pararle los pies. También hemos pagado muchas mordidas. Nos costaba seis dólares cada policía que vigilaba el concierto, ocho si era mando. Necesitábamos entre 600 y 800 policías cada noche, además de la seguridad del estadio. En realidad, es un buen precio: en 2008 en Quito hubo dieciocho agentes heridos”, recuerda. Son el único grupo español que puede presumir de este éxito salvaje.

Extrema izquierda

En general, estamos ante un documental de nivel, donde no falla nada de lo expuesto (quizá sobra algún periodista con poco que decir). El metraje está dedicado a Alejandro Espina, bajista del grupo, fallecido hace año y medio, a la temprana edad de 45. La desolación por su muerte queda muy patente y explica bien la relación de tribu que une a miembros y exmiembros de Ilegales. El día del funeral, Martínez se puso a hablar solo, ante la preocupación de sus compañeros, a los que explicó que tenía una conversación pendiente con “Jandro”.

Martínez, en realidad, es menos sobrado de lo que parece. Así explica su posicionamiento político: “Me siento de izquierda extrema, pero ningún partido político hace todo bien y el sistema más abyecto puede tener algo bueno. Lo que no me gusta es el presidencialismo. Parece que estemos regidos por camarillas más que por programas”. Echando un vistazo a la política parlamentaria actual, no queda más remedio que insistir en sus dotes proféticas.

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