El Gobierno teme que la covid derive en un nuevo estigma de «gripe española»

En la Moncloa está semana lo han visto claro. En la lucha contra la pandemia hay una batalla contra el virus pero, de manera simultánea, se libran otras muchas escaramuzas entre países. En la guerra contra la covid, explican en Sanidad, no todos los frentes están en los laboratorios y no todos los soldados visten batas blancas. Desde hace unas semanas hay también una batalla por el relato que se libra a base de estadísticas, cifras, PCR, medias verdades y vetos a otros países.

El 21 de junio, Donald Trump resumió la cuestión con una simpleza infantil pero certera: «Las pruebas (de la covid) son un arma de doble filo y esta es la parte mala. Cuando haces pruebas a tanta gente, vas a encontrar más casos. Por eso le he dicho a mi gente que, por favor, retrase las pruebas».

Desde luego, nunca pensaron en el departamento que dirige Salvador Illa que un día iban a terminar dándole la razón al presidente norteamericano en algo. Y es que en el Gobierno y en el Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias (CCAES) que dirge Fernando Simón ya temen que el coronavirus se convierta en una suerte de nueva gripe española, la pandemia que entre 1918 y 1920 mató a más de 40 millones de personas. Aquella gripe, cuyo origen estuvo en Estados Unidos, se llevó sin embargo el calificativo de española porque en la Primera Guerra Mundial la censura en los países combatientes impidió que los estados más castigados hicieran públicas las cifras reales de la pandemia. España, neutral en aquel conflicto, sí que informó de sus 300.000 fallecidos y cerca de ocho millones de infectados, ganándose la paternidad inmerecida de la enfermedad.

La situación actual, afirman en el CCAES, comienza a guardar ciertos paralelismos con lo ocurrido hace un siglo. España, en la nueva «geoestrategia sanitaria», se ha convertido en los últimos días en el foco de las miradas reticentes de buena parte de Europa por sus altas tasas de contagios. En Sanidad no niegan sus propias cifras, lo que sostienen es que buen parte de esta escalada en número de positivos se debe al gran esfuerzo de «detección precoz» de casos que otras naciones no están haciendo en igual medida.

Ni Illa ni Simón en sus comparecencias de esta semana lo han dicho así de claro porque el Gobierno no quiere abrir un nuevo frente diplomático acusando a socios de hacer pocas pruebas o no ser tan trasparentes con los datos. Pero las insinuaciones de ambos responsables se han venido repitiendo en los últimos días desde que se conoció la decisión del Reino Unido, Bélgica, Países Bajos o Alemania de establecer vetos, recomendaciones, restricciones o cuarentenas al turismo en España.

Pero sea como fuere, las cifras están ahí y julio ha sido un mes nefasto para la pandemia, según los números desnudos que en Sanidad animan a analizar en consonancia con otras estadísticas. Los 614 brotes declarados hasta el jueves han destrozado en cinco semanas los indicadores, hasta el punto de situar a España a la cola de Europa en todos los parámetros y como uno de los países con peores datos de todo el planeta.

Las tablas de Sanidad son tozudas. Los contagios detectados se han multiplicado por cuatro durante julio. Los nuevos positivos han pasado de los 9.842 en todo junio a 39.251 durante el pasado mes, ya sea por esa mayor capacidad de detección que arguye el Gobierno, ya sea fruto de que los nuevos focos se han disparado durante estos 40 días desde la llegada de la ‘nueva normalidad’. En solo un mes, España ha pasado a una media de 328 nuevos casos a una media de 1.266. Y con perspectiva negativa porque Sanidad notificó el viernes 1.525 contagios con fecha de diagnóstico en las últimas 24 horas aunque sumó a sus tablas consolidadas muchos más casos en un solo día, 3.092.

Cifras de abril

España ha vuelto a cifras de abril. El número de casos con fecha de inicio de síntomas en la última semana ha pasado de 309 el 30 de junio a 2.347 el 31 de julio positivos, un aumento del 750%. Pero es otro indicador el que amenaza con estigmatizar a España porque es fáci de usar para comparar países o zonas, el de la incidencia acumulada (IA), el número de casos cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días.

Esta IA a la que miran todos los países se ha disparado en España hasta los 57,5 positivos cada 100.000 habitantes cuando ese indicativo estaba tan solo en 8,5 a finales de junio (aunque llegó a bajar a 7,7 el 25 de junio cuando tocó suelo). Pero la IA es mucho peor si se desciende a las comunidades más castigadas actualmente por los rebrotes. Aragón presenta 380, ocho casos por cada 100.000 habitantes; Cataluña siete por cada 100.000 (con 145 rebrotes) o Navarra con cinco (143 rebrotes). «Si las comunidades redujeran el número de test que realizan conseguirían bajar de forma expeditiva esta tasa a la manera sugerida por Donald Trump», explican los responsables de Sanidad.

Frente a estas IA españolas altas y en pleno ascenso, los países europeos exhiben números mucho más bajos y básicamente estabilizados. Frente a la actual IA nacional de 57,5, Reino Unido asegura tener una IA de 14,6; Alemania, un 9,6; Francia 19; Países Bajos, un 13,5 o Italia tan solo un 5,7. Ninguno de los países europeos exportadores de turistas a España llega siquiera a la mitad de incidencia acumulada del virus de la que hay hoy el territorio nacional y algunos Estados como Italia presumen de tener la décima parte de contagios.

En Sanidad insisten en no abrir una guerra diplomática con los países de lo que depende buena parte del turismo pero cada vez hay más dudas de la fiabilidad de las cifras o del número real de test. No se creen los expertos del Gobierno que la covid se transmita diez veces más en España que en Italia o que el Reino Unido, donde el virus ha dejado 46.000 muertos y se propagó libre durante semanas, tenga ahora casi cuatro veces menos incidencia.

Índices asistenciales deteriorados, pero no estresados

El principal argumento del Gobierno para sostener que no estamos ante una segunda ola y que el repunte de los contagios es fruto en muy buena medida de la «detección precoz» es que los índices asistenciales están a «años luz» del estrés que sufrieron en marzo o abril. Es cierto que en el último mes las hospitalizaciones con fecha de ingreso en la última semana han pasado de 153 a 472, pero está muy lejos de los más de 3.000 ingresos diarios que se computaron en los momentos álgidos de la pandemia. Además, la ocupación de las UCI, el verdadero talón de Aquiles en cualquier epidemia, sigue muy baja hasta el punto de que en la última semana ha habido solo 27 ingresos, frente al medio millar de entradas de los días más duros de la pasada primavera.

Estos número tan aceptables, han explicado esta semana hasta la saciedad Salvador Illa y Fernando Simón, se deben a que es el sistema sanitario el que, tras cribar positivos, sale a buscar a sus contactos, que nunca hubieran sabido que estaban contagiados porque el 70% de los nuevos casos son asintomáticos.

No obstante, la «detección precoz» no explica en su totalidad estos buenos datos asistenciales. Los nuevos brotes se están dando entre trabajadires temporeros y en el ocio nocturno, sectores jóvenes, que han hecho bajar la media de los enfermos de 66 a 45 años en solo cuatro meses.

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