El futuro del republicanismo en España

Creo que corre la última parte del año 2001, ese inicio de siglo que apenas unos meses atrás se ha visto sacudido no por el terrorismo a secas, sino por la vuelta del integrismo religioso en los tiempos del integrismo neoliberal. Una manifestación de estudiantes recorre la calle Princesa en Madrid contra la enésima ley de enseñanza a cargo del primer gobierno del PP con mayoría absoluta, aznarato sin paliativos. Yo, como estudiante, participo en la marcha, llevo una bandera tricolor española, la única presente entre miles de jóvenes. Algunos chicos, quizá de instituto, quizá universitarios, se me acercan. Y en una parada, entre cántico y consigna, me preguntan a qué país pertenece, pero sobre todo por qué la ondeo, qué significa. Trece años después Juan Carlos de Borbón abdica, de mal grado, obligado por una repentina ola de noticias en torno a su persona, durante décadas intocable, y las ciudades de todo el país llenan sus plazas con esa misma bandera. Sin embargo, la pregunta de los estudiantes aún sigue presente y posiblemente irresuelta.

Que el republicanismo en nuestro país haya salido de su acotación histórica tiene que ver, paradójicamente, con el concepto de memoria histórica. La recuperación del justo recuerdo de los represaliados por el franquismo, la idea de restituir su dignidad, fue un intento de enfrentar un pasado que primero fue vilipendiado por el régimen fascista y luego sepultado por el consenso oficial del 78. La idea no era recuperar a los republicanos de los años treinta para la parte de la sociedad española que se siente afín a ellos, sino recuperarla para toda la sociedad: si el homenaje era conjunto, si la reivindicación era compartida, entonces la herida podría cerrarse.

Si bien la derecha, a mediados de los noventa autodenominada centro reformista, llegó al poder presentando los diarios de Manuel Azaña, uno de los presidentes de la Segunda República, pronto dejó a un lado las caretas y se decidió a combatir esa memoria histórica tirando del revisionismo más burdo y esperable: la guerra y el franquismo no fueron la reacción contra el aumento del poder de la clase trabajadora, sino una consecuencia inevitable del desorden de esa república, un caos, del que, por cierto, fueron los máximos instigadores. La batalla no era tan solo histórica, sino el inicio de un camino para que las raíces franquistas de nuestros conservadores dejaran de ser una mancha y, más allá, traer los valores del nacionalcatolicismo a nuestro presente.

Este revisionismo ha quedado, por desgracia, impreso en una parte sustancial de la ciudadanía, no en vano años de tertulias televisivas, ensayos pseudo-históricos y homilías salvajes de los radio-predicadores han dado sus frutos. Lo peor es que el republicanismo ha quedado anclado, por esta trampa que ha obligado a la izquierda al movimiento defensista, al periodo de los años treinta. Hablar de esta idea parece que nos conduce inexorablemente hacia 1936 y eso, obviamente, no es una buena carta de presentación para el futuro. Por otro lado los límites del debate, convertido en batalla, se estrechan, y no hay ni siquiera espacio para hacer una crítica desde la izquierda a los periodos más oscuros de una república que se pretendió defensora de la Edad de Plata de nuestra cultura pero que también fue Casas Viejas y Asturias ensangrentada.

De 1873 apenas nos queda memoria, pero también hubo una Primera República tras aquel peculiar, y profesional, rey italiano. El republicanismo del siglo XIX no es una anécdota de apenas un año de duración, sino toda una experiencia política de la que aún hoy se pueden extraer conclusiones. Por la presión popular que la hizo posible tras La noche del matadero, por el concepto moderno de ordenación de un país anclado aún en la servidumbre medieval, por los límites de la política ilustrada sin contar con la gente a la que se decía representar, incluso por el glorioso periodismo posible con las mordazas algo más flojas. Y por el tema que le dio cuerpo pero que a su vez la condenó al fracaso: el federalismo, el cantonalismo, el independentismo, es decir, la forma política geográfica del Estado y su relación con las nacionalidades ibéricas.

De algo nos suena, ¿verdad? El intento independentista catalán del otoño de 2017 ha vuelto a traer el republicanismo a primer plano de nuestra realidad política. La forma en que la secesión tendría lugar, y que de hecho la tuvo aunque solo lo fuera de manera simbólica, fue la proclamación de la República catalana. Y aquí podemos extraer una de las primeras conclusiones para lo que vendrá: la república no es tan solo una forma de jefatura del Estado contrapuesta a la monarquía, sino la vehiculación política que en España toman los cambios de gran calado. Sin embargo, estos cambios, si no van acompañados de un proyecto de envergadura social, acaban siendo un recambio de élites, una coronación de monarquías sin apellido nobiliario pero con aspiraciones parecidas.

Pintadas a favor de la república catalana en Barcelona. ÁLVARO MINGUITO

No hay mayor error para el republicanismo que subestimar la figura del rey e incluso a su casa. Los Borbones no han acabado ninguno de sus reinados de forma tranquila, saben que su destino como estirpe está unido a las necesidades de la burguesía española, a los grandes poderes empresariales y financieros. La monarquía del 78 es el parapeto para que la jefatura del Estado finja ecuanimidad cuando no es más que una maquinaria de clase para mantener el orden social capitalista y, más específicamente, la forma del capitalismo español: especulación y sobreexplotación de la fuerza de trabajo como motores económicos, corrupción como manera de relación entre el poder político y empresarial y herencia de mando entre unas pocas familias patricias. Los Borbones saben que el cuestionamiento de este orden es también interrogación hacia su reinado, por eso contemplan con tanta inquietud cualquier reivindicación social, por eso su trono es representación de poder pero a la vez mascarada del mismo. Por eso históricamente suelen morir matando.

Cataluña y su independentismo han dado pie al otoño rojigualdo, pero no lo han creado. El plan viene de mucho antes, de Aznar y su patriotismo constitucional. El españolismo, que no es aprecio hacia el país sino imposición de su forma más reaccionaria, es la herramienta utilizada esta vez para cortar definitivamente las ansias de cambio del periodo 2011-2015 y de paso instaurar un sistema con apariencia democrática pero con formas autoritarias. Felipe VI no será el juancarlismo campechano que hizo amable desde el pelotazo del PSOE en los ochenta hasta el ladrillazo pepero de los dos mil, sino el rey que conducirá a España en el contexto internacional actual, uno en el que se mezclan la senilidad absurda del tardocapitalismo con el deslizamiento ultraderechista en gran parte del mundo occidental. Estamos más cerca de Turquía que de los Balcanes, no nos cansaremos de repetirlo.

Por eso el republicanismo es hoy mucho más que un debate en torno a la forma de la jefatura del Estado, mucho más que la justa reivindicación de la memoria histórica. El republicanismo, hoy y aquí, es la condición necesaria para el cambio, un excelente vehículo para unir todos los problemas, luchas y aspiraciones de cualquier ciudadano que crea que el nivel de encanallamiento de la política y la economía deben tener una respuesta. El periodo anterior de movilizaciones pudo parecer cerrado, más tras las banderas en los balcones como narración ultra de un pueblo que se situó tras su rey para frenar a los independentistas. Pero manifestaciones como las del pasado 8 de marzo demuestran que, respetando la autonomía del movimiento feminista, la salida a la crisis ha sido en falso, cargando sobre las espaldas de los que menos tienen el peso de la recuperación. La derecha como identidad política, bien azul bien naranja, su sistema económico y su monarquía tienen poco que ofrecer, más allá de insistir en España no como oportunidad y sí como cárcel.

El republicanismo puede, debe ser la respuesta que dé cobijo al modelo de construcción territorial, que dé forma de una vez por todas a un nuevo pacto entre las nacionalidades ibéricas e insulares. Debe ser una nueva forma de Estado que se blinde contra la corrupción no solo desde la deseable ética, sino desarrollando una economía que no se base en la extracción de capital público para enriquecer la promoción privada con sobrecostes.

La radicalidad republicana debe ser quien dé respuesta a la lucha constante de identidades que la trampa de la diversidad ha extendido contra la acción colectiva. Debemos ser ciudadanos en cuanto a nuestro deber de participar en política, no respecto a quiénes somos en relación con lo que podemos pagar o creemos poder aspirar. En tiempos de conflictos intergrupales, religiosos, étnicos, de género, el republicanismo debe ser lo que marque nuestra relación con las leyes civiles, nuestro pacto de convivencia basada en la igualdad, principalmente la social, aquella que dirime el conflicto capital-trabajo.

En el año 2008 la orquesta de Praga interpretó el himno de Riego en el Bicentenario del Sitio de Zaragoza. Los arreglos a la composición, elegantes, concisos, claros, otorgaron una nueva dignidad a la pieza, un aire de nueva Ilustración, de racionalidad, de modernidad sin imposiciones. Tres minutos que permiten imaginar un nuevo futuro en el que este país se decante, por fin, por esa senda alejada de la losa que Fernando VII nos dejó incrustada en nuestra tierra. Orden y progreso, libertad, igualdad y fraternidad, una tradición, también española, que espera a ser recuperada.

lamarea

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