Wingz, la aplicación que atemoriza a Uber

A Travis Kalanick, fundador de Uber, se le ocurrió la idea de su negocio tras la espera interminable de un taxi en un día de lluvia. Y algo parecido le sucedió a Geoff Mathieux, creador de Wingz, para lanzar la suya. Su intención inicial fue crear una de red de coches compartidos para ir y volver del aeropuerto, pero pronto se dio cuenta de que en Estados Unidos ese concepto no interesaba tanto.

Diferenciarse de la competencia

Primero bautizada como Tickengo, la compañía con base en San Francisco apenas despegó porque no se diferenciaba en nada de sus dos potentes competidores, Uber y Lyft. Así que, al cabo de unos meses, pasó a llamarse Wingz y a centrarse en los trayectos individuales con prestaciones personalizadas.

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La aplicación permite conocer la tarifa exacta previamente (unas dos veces más barata que la de un taxi), reservar y pagar con antelación, elegir el vehículo y al chófer, o solicitar servicios específicos, como asientos para bebés o unos refrigerios. Asimismo, el aspecto comunitario está más desarrollado que en Uber, ya que los que los chóferes disponen de su propia página dentro de Wingz, y se pueden comunicar directamente con los clientes.

En Estados Unidos, la compañía cuenta ya con más de 20.000 clientes habituales, funciona para 18 aeropuertos (sobre todo en California y Texas), y tiene una red de 600 conductores. Actualmente dispone de 25 empleados, ha obtenido más de 2,5 millones de dólares de financiación y contempla una nueva ronda para proseguir su desarrollo por Estados Unidos y Europa.

Más humano que Uber

Para comprender la gran novedad que supone Wingz frente a Uber, más enfocado a la reserva de coches en el último momento, basta con escuchar a Geoff Mathieux: “imaginen una página de Facebook en la que, en vez de tener la foto de la persona, tengan la de un coche; una página en la que se comparten informaciones entre los usuarios y los conductores; una página que crea identidad, un valor añadido más humano y menos anónimo. Eso es Wingz”.

Para Mathieux, el mercado también está absolutamente abierto y no reservado a una sola compañía. “Con Uber, al salir de un bar o un restaurante, el conductor le lleva al lugar solicitado y ahí se acaba la historia. Proporciona un servicio y no una relación humana. En nuestro caso, el trayecto está organizado con antelación por los imperativos de puntualidad del usuario y hasta por cierta amistad con el conductor”

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