¿Por qué Susana Díaz no quiere que Sánchez sea presidente?

La deflagración del bipartidismo tras el 20-D tiene consecuencias directas en el armazón del PSOE y también en sus intestinos. El secretario general, Pedro Sánchez, lo había advertido 10 días antes: “no ganar las elecciones será un fracaso para mí”. El cambio de criterio llegó en plena resaca (90 escaños, 20 menos que el entonces laminado Pérez Rubalcaba), tras un gélido apretón de manos con Mariano Rajoy en las escalinatas de La Moncloa (indecente contra ruin) y toneladas de fe en la aritmética parlamentaria.

Sánchez vio el resquicio de Podemos como un salvoconducto a la salvación desde el minuto uno, pero al hacerlo se topó con su enemiga número uno, Susana Díaz, plenipotenciaria presidenta andaluza.

Ajeno a ideas socialistas

No es ningún secreto que Díaz desprecia a su jefe. Ve en él un producto fallido y peligrosamente ajeno a las esencias socialistas (unidad de España, solidaridad entre territorios, básicamente todo el relato constitucional) y considera que ha llegado el momento de marcarle las líneas rojas junto a otros barones afines (Fernández Vara, García-Page). El partido de Pablo Iglesias no puede ser una opción mientras defienda el derecho de autodeterminación no sólo de Cataluña sino en general de las nacionalidades históricas y sus satélites.

El efecto dominó estaría ahí, en lontananza, y sería diabólico para la estabilidad: primero los catalanes, después quizás los vascos, quién sabe cuándo gallegos, baleares y valencianos. ¿Cuántas consultas? ¿Por cuánto tiempo se garantizaría la paz política? ¿Habría sucesivos referéndums hasta que ganase el sí y entonces se cerraría el melón, sin posibilidad de que los partidarios de seguir en el país se pronuncien en adelante? La lideresa trianera, andalucista en Andalucía y españolísima más allá de Despeñaperros, jamás permitirá que se abra esa caja de Pandora. Ni Quebec ni Escocia son para ella una referencia.

Pulso tras las elecciones

El primer mensaje lo lanzó tras conocerse el escrutinio. En una inusual comparecencia (¿qué pintaba ella valorando los resultados de unas elecciones generales?), sugirió a Ferraz que iniciase una profunda reflexión y practicase el arte del equilibrio y la responsabilidad de Estado. Díaz no estaba diciendo que Rajoy tuviera que gobernar, sino que Sánchez no debía hacerlo a cualquier precio.

Las matemáticas decantan en la copa parlamentaria un elixir a sus ojos grotesco: PSOE, Podemos, ERC, Democracia y Libertad. Socialistas, neocomunistas e independentistas. Un cóctel incompatible con los intereses de España, con el recuerdo de los tripartitos de Maragall y Montilla aún frescos, y el desenlace fatal de la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut.

Díaz y su particular relación con el Podemos andaluz

En Andalucía, Díaz gobierna con el entregado y sorprendente apoyo de Ciudadanos. La referencia podemita, Teresa Rodríguez, practica una oposición férrea que en alguna ocasión saca a la presidenta de sus casillas. El discurso de Rodríguez (poco amiga por cierto de Iglesias) se nutre en gran medida de los valores de IU, anterior socio de gobierno del PSOE-A y también anterior formación de Rodríguez vía Izquierda Anticapitalista.

La historia acabó con la federación desalojada de mala manera de la Junta precisamente por los roces surgidos en torno a las políticas más marcadamente sociales. Digamos que la experiencia reciente de Díaz le aconseja mantener distancias con lo que Felipe González llama leninismo 3.0.

La turbulencias pasadas

En esta ocasión el viento sopla a favor de la Gran Conspiradora. Aunque por la mínima, el PSOE ha vencido por cuarta vez consecutiva en la comunidad, aportando a la saca socialista en el Congreso 22 de los 90 asientos, uno de cada cuatro. Es una posición fuerte para propagar sus tesis. El 22 de marzo ya saldó una cuenta pendiente al lograr el aval de las urnas tras heredar de José Antonio Griñán la presidencia regional año y medio antes. Logró 47 escaños y una cifra récord de votos a la baja, padeció una lenta investidura y le vio el cogote al fantasma de la inestabilidad que ahora parece instalarse en Madrid.

Díaz, sin embargo, ha ido cosiendo sus agujeros más evidentes hasta colocarse en la posición anhelada, con un discurrir plácido en Sevilla y los ojos clavados en la capital del reino, donde siempre ha sabido que acabará.

Ni ahora ni nunca

La italianización de las Cortes sólo puede generar dos escenarios: una coalición o un anticipo electoral. Apostar por una alianza es complicado: los socialistas sólo estarían con el PP (y Ciudadanos) si Rajoy no es el frontman. Los populares tendrían que proponer otro nombre como garantía de regeneración.

En el fondo, en la presidencial cabeza de Díaz no cabe una combinación, sea cual sea, que haga Jefe del Ejecutivo a Sánchez. Es un estribillo que revolotea en el Palacio de San Telmo: Sánchez, no, nunca. Así que la otra salida es el adelanto, y en tal caso quizás haya llegado el momento de que la ambición rubia ponga, al fin, todas sus cartas sobre el tapete.

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