Exit, la organización que ayuda a abandonar la ultraderecha

Nada más entrar en su página web, queda claro su objetivo: “Estamos aquí para ayudarte a salir de la extrema derecha. No es fácil, pero te respaldaremos en cada paso del camino”. Se trata de Exit, una organización sin ánimo de lucro, creada en Reino Unido a finales de 2017, y que opera en casi todo el territorio de las islas ofreciendo respaldo y asesoramiento a las personas que quieren abandonar su pertenencia a grupos de extrema derecha.

No obstante, la vertiente británica de Exit nació a partir de un proyecto homónimo alemán que lleva en torno a 20 años ayudando a la gente a salir de bandas neonazis. Incluso en Estados Unidos, donde el racismo es endémico en muchas zonas —sobre todo del sur del país—, existe Life After Hate (vida después del odio), una organización donde exmilitantes del supremacismo blanco ayudan a quienes están dispuestos a dejar los círculos ultras en los que se enrolan.

A pesar del crecimiento de los delitos de odio, y de la entrada de la extrema derecha en las instituciones, en nuestro país no existe ninguna agrupación similar

Julius y Randy
Sanar el odio: exneonazis tratan de salvar a otros del infierno del que salieron

MIQUEL RAMOS7

Exit lo integran antiguos militantes de colectivos de ultraderecha que un día decidieron abandonar el fanatismo y la violencia y, por lo tanto, quien acude a ellos no se encuentra con abogados o fanáticos religiosos, sino con una amplia red compuesta íntegramente por personas que han pasado exactamente por la misma experiencia, y que intentan ayudar aprovechándola y estableciendo conexiones entre las distintas agrupaciones locales de apoyo que están diseminadas por gran parte del territorio británico. Esta red de solidaridad se coordina totalmente en remoto, utilizando tecnologías muy sencillas como las aplicaciones de mensajería para avisar y movilizar a los asociados más cercanos a la zona geográfica desde donde se recibe la alerta.

Exit lo integran antiguos militantes de colectivos de ultraderecha que un día decidieron abandonar el fanatismo y la violencia, quien acude a ellos, encuentra una amplia red compuesta íntegramente por personas que han pasado por la misma experiencia

El primer paso es el más difícil

“Algunas de las personas que han acabado contactándonos estuvieron guardando el número de teléfono durante varios meses antes de decidirse a dar el paso inicial”, explica un integrante de Exit Reino Unido, que prefiere que no se publique su nombre. Reconoce que el mayor temor de quienes acuden a ellos en busca de ayuda es la confidencialidad, por eso desde el primer momento la organización se empeña en remarcar este aspecto: “No somos la policía y no estamos aquí para juzgarte. No corres ningún riesgo al contactarnos y todo lo que digas quedará entre nosotros”, proclaman. También dan la facilidad de ocultar la identidad, y se comprometen a que el usuario reciba una respuesta en las 24 horas posteriores a la toma de contacto, que puede ser telefónica, por correo electrónico, rellenando un formulario disponible en la web, o a través de Facebook.

El funcionamiento es bastante sencillo. El interesado contacta por cualquiera de esas vías y automáticamente recibe una respuesta programada que le agradece su valentía, le dedica palabras de ánimo y le informa de que en las próximas horas alguien del equipo se comunicará con él. El siguiente paso prioriza el encuentro cara a cara, aunque existe la posibilidad de hablar por videollamada. Eso sí, siempre se anteponen las preferencias del usuario, que se sienta lo más cómodo posible. A partir de los encuentros y las charlas, los colaboradores de Exit se hacen una idea más exacta de cómo pueden ayudar y trazan un plan a medio o largo plazo que va desde el apoyo emocional hasta la cooperación para encontrar trabajo, una nueva casa, o para restituir las relaciones rotas con familiares o amigos.

En España, muchos medios de comunicación le entregan constantemente el altavoz a la ultraderecha para que difunda su discurso, imponga su agenda y fije sus marcos

“No somos Antifa”

Exit se esfuerza muchísimo en dejar totalmente claro y explicar con detalle, en todas sus plataformas y vías de contacto, quiénes son y qué hacen. Saben que las personas que se acercan a ellos suelen responder a un perfil bastante concreto, principalmente hombres y jóvenes de áreas económicamente deprimidas, muchas veces con intrahistorias de violencia familiar o de acoso escolar, que en algún momento empezaron a verse seducidos por los discursos simplistas de exaltación del patriotismo y las proclamas antiinmigración y antiglobalización que difunde la extrema derecha. Por eso remarcan constantemente que no están “alineados con ningún movimiento político”, y aclaran su punto de vista: “Creemos que ser patriota es algo bueno y, aunque entendemos tus ideas, la violencia nunca resuelve nada […] Además, ser miembro de ciertos grupos como National Action, Scottish Dawn, o NS131 [los principales colectivos fascistas de Reino Unido] es un acto criminal que podría conducirte a una sentencia de cárcel”.

“No somos Antifa” es otra de las cosas que recalcan. Ellos mismos han sufrido el deterioro que ha provocado en sus vidas la pertenencia a grupos de ultraderecha, pero una cosa es abandonar ese círculo de violencia, aislamiento y rabia, y otra muy distinta dejar de tener ideas conservadoras de la noche a la mañana. “Estamos en contra del racismo, el odio y la división, pero creemos que la única forma de avanzar es sentarse y hablar con la gente sin juzgar”, declaran desde el organismo. “Hemos comprobado una y otra vez que esto funciona, y que incluso el activista de extrema derecha más entusiasta puede convertirse en alguien dedicado a su familia y a su entorno”.

“Algunas de las personas que han acabado contactándonos estuvieron guardando el número de teléfono durante varios meses antes de decidirse a dar el paso inicial”, explica un integrante de Exit Reino Unido

Acerca de su financiación y su supervivencia económica, Exit es “una empresa de interés comunitario, sin embargo hace poco hemos solicitado el estatus de organización benéfica, aunque la resolución de los trámites puede llegar a alargarse”. Comentan que reciben donaciones privadas, y que alguna vez se han beneficiado de subvenciones del Gobierno británico. “La Oficina del Alcalde para la Policía y el Crimen (MOPAC) [algo así como la concejalía de Seguridad] ha financiado hasta dos proyectos en los que hemos impartido formación sobre cómo se puede ayudar a personas con pocos recursos económicos a abandonar clanes de ultraderecha”. Admiten que desde hace un tiempo la financiación pública ha decaído, pero de momento, y mientras continúan solicitando fondos estatales, reciben respaldo económico de Small Steps Consultants Ltd, un organismo similar, que imparte talleres y ejerce pedagogía para concienciar sobre la amenaza de la extrema derecha en la sociedad civil.

El Exit germano, además de las reuniones, las charlas y el apoyo psicológico, llega a ofrecer protección policial para casos en los que el sujeto está amenazado por su antiguo clan. También dispone de un boletín informativo, un podcast y un dossier para los medios de comunicación donde dan recomendaciones para informar sobre violencia y extremismo, para que no se incurra en lo que a menudo buscan los colectivos ultras: que los medios les difundan gratis la propaganda.

“No somos Antifa” es otra de las cosas que recalcan. Ellos mismos han sufrido el deterioro que ha provocado en sus vidas la pertenencia a grupos de ultraderecha, pero una cosa es abandonar ese círculo de violencia, aislamiento y rabia, y otra muy distinta dejar de tener ideas conservadoras de la noche a la mañana

En España no existe nada parecido

No sorprende que la red de apoyo alemana sea tan sofisticada. El pasado mes de mayo el ministro del Interior alemán, Horst Seehofer, confesó que la ultraderecha es la principal amenaza para la seguridad del país. Lo hizo en una rueda de prensa en la que presentó un informe sobre los crímenes de motivación política de toda la nación, que durante el último año han alcanzado el punto más alto desde que se empezó a recoger datos hace dos décadas. Según las cifras de la Oficina Federal de Policía Criminal, durante el 2020 en Alemania se cometieron casi 45.000 delitos de motivación política, y más de 23.500 fueron perpetrados por la extrema derecha (violencia contra minorías raciales, apología del fascismo, incitación al racismo, la xenofobia o el antisemitismo, odio…).

En España los números no son mucho más esperanzadores. Tal y como refleja el Informe de la evolución de los delitos de odio en España, en 2019 la Policía registró casi 2.000 incidentes y delitos de odio en nuestro país, de los que el 35% (más de 1.100) tuvieron motivaciones ideológicas. Justo por detrás se encontraron los relacionados con el racismo y los que más se han disparado desde entonces, los que tienen que ver con la orientación sexual de la víctima.

El pasado mes de mayo, el ministro del Interior alemán, Horst Seehofer, confesó que la ultraderecha es la principal amenaza para la seguridad del país

La pandemia, y las restricciones derivadas para controlar la alerta sanitaria provocaron que durante el primer semestre de 2020 todos los delitos cayesen, sin embargo se observa que los de componente racista y xenófobo ya han superado a los vinculados a la ideología, y la tendencia al alza de los motivados por la orientación sexual continúa al alza. Con todo, estos datos son solo la punta del iceberg, ya que diversas oenegés y agencias europeas de derechos humanos apuntan a que únicamente el 7% de los delitos de odio acaba denunciándose en comisaría.

La Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales (FELGTB) indica que, en los últimos cinco años, los delitos de odio contra el colectivo LGTBI+ han crecido más de un 30%, pero sobre todo pone el acento en la cuestión cualitativa (el aumento de la “virulencia” de las agresiones) más que en la cuantitativa (el número total de casos, que también ha subido). En la memoria colectiva se encuentra el asesinato de Samuel, el joven coruñés al que sus agresores apalearon hasta matarlo mientras le gritaban “maricón”.

No obstante, y a pesar del ascenso y recrudecimiento de los delitos de odio, en España no existe ninguna organización que desempeñe una labor social similar a la que lleva a cabo Exit. Desde la sede británica aseguran que les llegan “peticiones de ayuda y asesoramiento de países como Francia, Australia o Rumanía”. Son conscientes de “que hay una necesidad creciente [de este tipo de iniciativas] en muchos países” donde la extrema derecha está en pleno auge, y admiten que estarían encantados “de apoyar a España” si fuese necesario.

Sobre la ausencia de una iniciativa similar a Exit en nuestro país, la abogada Nora Rodríguez señala que “el enorme vacío institucional, tanto a nivel policial, como judicial, o de Gobierno, pero también en seguimiento o asesoramiento es una de las carencias a la hora de afrontar este problema”. Destaca que tampoco existe estructura alguna “a nivel colegio o instituto, los profesores no tienen herramientas”, y puntualiza que “hasta hace muy poco ni siquiera se hablaba de los grupos neonazis, más allá de algún reportaje esporádico en televisión”.

Rodríguez señala que, muchas veces, los jóvenes que se unen a bandas neonazis “ni siquiera lo hacen por una cuestión ideológica”, sino que detrás suele haber otras razones como la búsqueda de sentirse aceptados dentro de un grupo, sobre todo si la persona ha sufrido acoso o algún tipo de exclusión. También indica que, a diferencia de lo que ocurre en otros países como Estados Unidos, donde los grupos ultras son el atractivo de muchos chavales de clase obrera, en España la tónica general es la de jóvenes de familias sin problemas económicos: “A veces se mira hacia la precariedad y el malestar para justificar que se unan a estos grupos, pero no creo que eso sea el principal motivo”.

Hace unos meses, la Fundación Rosa Luxemburgo publicó el informe De los neocón a los neonazis, donde analiza la cosmogonía de la extrema derecha española y vertebra un mapa donde se pone en contexto el surgimiento, la evolución, las conexiones y el alcance de estos grupos durante las últimas décadas en nuestro país, desde la muerte del dictador hasta el actual gobierno de coalición, pasando por la soflama reaccionaria durante los gobiernos de Zapatero (2004-2011) contra leyes sociales como el matrimonio igualitario o el aborto. Una de las cosas que hay que tener clara es la distinción entre la extrema derecha que se encuentra fuera del sistema, es decir, las pequeñas bandas, grupos o siglas que jamás han tenido representación política, y que se organizan por su cuenta y a un nivel más local (como los ultras ligados a equipos de fútbol o las entidades como Hogar Social o Bastión Frontal), y la extrema derecha que está insertada dentro del sistema, ya sea en forma de asociaciones o fundaciones que en algunos casos llegan a percibir subvenciones públicas, o directamente como partidos políticos que participan en el juego democrático (Vox o la fundación Franco, por ejemplo).

La irrupción de Vox en la política nacional ha provocado que muchos de esos grupúsculos ultras que pululaban por la esfera civil hayan quedado automáticamente integrados en el paraguas ideológico del partido, cuyo crecimiento comenzó en 2018, en las elecciones al Parlamento de Andalucía

Precisamente la irrupción de Vox en la política nacional ha provocado que muchos de esos grupúsculos ultras que pululaban por la esfera civil hayan quedado automáticamente integrados en el paraguas ideológico del partido, cuyo crecimiento comenzó en 2018, en las elecciones al Parlamento de Andalucía que dejaron al PSOE sin gobernar la autonomía por primera vez en democracia. Tras esos comicios, los votos de Vox fueron fundamentales para que el PP accediera a la Presidencia de la región y, a partir de ahí, la formación de extrema derecha ha ido aglutinando un suelo electoral cada vez mayor, hasta que en las generales de 2019 entró por primera vez en el Congreso de los Diputados como tercera fuerza política con 52 escaños y casi cuatro millones de votos. Algo inédito en nuestra historia democrática más reciente.

Entre la información y la propaganda

Aunque ha resurgido con la llegada de Vox a la política nacional, el debate sobre cómo deben tratar los medios de comunicación a la ultraderecha no es nuevo, y en él surgen varias preguntas: ¿Cómo debe ser tratada la extrema derecha en los medios? ¿Hay que censurarla? ¿Es ético difundir sus mensajes de odio? ¿Dónde se encuentra la línea entre información y propaganda?

A veces, la línea entre información y propaganda es muy fina. Es habitual que Vox genere polémica con un tuit, o con un cartel electoral donde carga sin tapujos contra el feminismo o señala a los inmigrantes, y la inmensa mayoría de los medios lo difundan como noticia. También es normal que, indignada, muchísima gente lo comparta en sus redes sociales, aunque sea para criticarlo. Sin embargo, lo que se consigue es muy simple: el mensaje, que además casi siempre es falso, se difunde de forma masiva y acaba llegándole a millones de personas.

Desde Al Descubierto, una web especializada en el análisis de los movimientos políticos y sociales relacionados con la extrema derecha, inciden en esta idea. Afirman que “no hay que censurar nada, porque no se trata tanto de la información que revelas, sino de cómo la cuentas […] Tienes que hablar de ellos, porque suponen un gran peligro, pero no hay que cederles el espacio”. El colectivo recuerda, además, que “en el caso de Vox, que es tercera fuerza y está en todas partes, es importante hablar de ellos desde tus propios marcos de debate, no desde los marcos que te impone el propio partido u otros medios de comunicación […] Es muy importante llamarles también por su nombre y no presentar sus ideas como aceptables o equiparables a otros partidos u organizaciones”.

En unas charlas para mèdia.cat (publicadas también en La Marea), a principios de 2021, los periodistas Miquel Ramos y Jordi Borràs comentaron algunas ideas acerca de cómo informar sobre la ultraderecha. En uno de los puntos reflexionan precisamente sobre esto, y aseguran que hay que diferenciar entre ponerles “un micrófono a sus representantes, y que ellos digan lo que les dé la gana, y hablar de lo que tú quieres con respecto a ellos”, pero sin facilitarles una plataforma mediática que siempre van a utilizar para colar su mensaje e imponer su agenda. “No hay que dejar que el altavoz lo tengan ellos, y el problema es que últimamente todo el mundo se lo da […] En España a la extrema derecha siempre se la ha blanqueado más de la cuenta”, sentencian en Al Descubierto.

Uno de los términos que más se repiten últimamente, sobre todo en las redes sociales, es el de batalla cultural. Es innegable que la extrema derecha, institucionalizada en las siglas de Vox, está intentando socavar las conquistas sociales mediante un lenguaje cargado de odio y confrontación. “Hasta hace poco no era nada habitual escuchar discursos racistas, machistas, etc, de forma tan descarada”, asegura Ramos, que además insiste en que a los grandes grupos empresariales y mediáticos —a los que pertenecen la mayoría de medios de comunicación de nuestro país— “les interesa esta caricaturización de los extremos, porque lo que defienden este tipo de organizaciones les es inofensivo: las empresas del Ibex no tienen ningún problema con el programa económico de Vox. Defienden sus intereses, es una cuestión de clase que la clase alta defienda a sus perros de presa”.

Actualmente, la mayoría de los medios de comunicación en España está bajo el manto de grandes grupos de comunicación que conforman poderosos oligopolios, lo que merma la pluralidad de las líneas editoriales. En los últimos años también se ha convertido en algo corriente ver en los espacios de infoentretenimiento que se emiten en prime time (horario de máxima audiencia) a tertulianos, algunos de ellos directores o consejeros de periódicos, radios o diarios digitales, divulgar las tesis de la extrema derecha.

Al Descubierto manifiesta que “Vox ha tenido una enorme facilidad para ser escuchado precisamente porque ha sido tratado como una opción política más por parte de las televisiones y los principales periódicos, salvo contadas excepciones”. Desde su punto de vista, las nuevas formas de hacer periodismo, donde la inmediatez y la visibilidad suelen imponerse a la profundidad y el rigor, también favorece que el discurso de los ultras se disperse con mucha más facilidad: “La dinámica actual de buscar el clickbait [titulares sensacionalistas que buscan que los usuarios cliquen masivamente en la noticia] está provocando que el discurso de la extrema derecha se difunda de una manera nunca antes vista”.

Para intentar cribar la información de entre la propaganda, el colectivo pone el acento en la urgencia de crear “una estrategia comunicativa que permita vencer eso de forma eficaz. Hay que combatir los bulos, derribar sus marcos […] firmar un pacto ético entre medios de comunicación para no cederles los espacios, tampoco en las redes, y así tratar de que no se cuele en ellos su agenda”.

La Justicia no ve delitos de terrorismo

Campañas como la que criminalizaba a los menores extranjeros no acompañados en el Metro de Madrid, o las que señalan directamente al movimiento feminista, crean un caldo de cultivo de crispación y violencia en parte de la sociedad civil que, en muchas ocasiones se refleja en la comisión de delitos de odio o de apología del fascismo. Partidos como Vox “contribuyen a que crezca ese clima de discriminación cuando señalan a colectivos como los homosexuales o los inmigrantes. Ese discurso de odio provoca que aumenten las agresiones”, asegura la abogada, que también relaciona la difusión mediática de las ideas de la extrema derecha con el crecimiento de las agresiones y los delitos de odio: “Si hay un discurso racista y homófobo constantemente amplificado en la televisión, si viralizas y difundes un mensaje de que los menores no acompañados delinquen y son peligrosos, esto siempre acaba en agresiones […] Y ahora prácticamente estamos viendo racismo abierto en prime time las 24 horas”.

En muchos casos esos ataques y actos violentos suponen la destrucción directa de bienes materiales o la agresión severa a una persona, pero desde el punto de vista penal este tipo de acciones, y los grupos ultras que las cometen, nunca son juzgados por cargos de terrorismo. Por el contrario, la justicia únicamente suele quedarse en la acusación por tenencia de armas, la asociación ilícita o la organización criminal como argumentos jurídicos para actuar contra ellos.

“No se trata como terrorismo, aunque es lo que hacen estos grupos”, remarca Rodríguez, y lamenta la lentitud del sistema judicial

“No se trata como terrorismo, aunque es lo que hacen estos grupos”, remarca Rodríguez, y lamenta la lentitud del sistema judicial, que provoca que transcurra mucho tiempo desde que se comete el delito y se realiza la detención hasta que se dicta la sentencia: “Vemos detenciones, pero luego cuando llega el proceso judicial, mucho después, no hay condenas por terrorismo […] Y la tipificación existe, pero se aplica mal, y cuando se aplica no se juzga, sin embargo hay gente juzgada por terrorismo que solo ha hecho una pintada en la pared”.

Tal y como detalla el documento de la Fundación Rosa Luxemburgo, desde principios de la década de los 2000 se han desarticulado en España varios grupos neonazis y realizado múltiples detenciones que, en muchos casos, han terminado con penas de cárcel. Sin embargo, y a pesar de que alguno de los procesados llegó a estar en posesión de explosivos, jamás se le atribuyeron cargos de terrorismo.Archivado en: Fascismo

elsaltodiario.com/

Share Button

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *