Google fabricará un coche que se conduce solo: sin volante, ni pedales

Google fabricará un coche que se conduce solo: sin volante, ni pedales

 

Hasta hoy, Google siempre había revelado sus avances en este tipo de coches -en los que lleva trabajando desde hace varios años- mediante modelos convencionales adaptados para el software de Google, por lo que los vehículos tenían el mismo aspecto que los coches que circulan actualmente por las carreteras y permitían a los pasajeros retomar el control si ello era necesario.

Sin embargo, el modelo presentado hoy con una entrada en el blog oficial de la compañía ha sido diseñado por Google con la única finalidad de que se conduzca solo y no permite en ningún caso el manejo convencional.

(Los vehículos autónomos) no tendrán volante, ni acelerador, ni pedal del freno? porque no los necesitarán. Nuestro software y los sensores se encargarán de todo el trabajo”, indicó el director del proyecto de vehículo autónomo de Google, Chris Urmson.

El prototipo presentado por Google es eléctrico, dispone únicamente de dos asientos, es pequeño y muy compacto y tiene una apariencia de lo más futurista. “Los vehículos serán muy básicos -queremos aprender de ellos y adaptarlos tan rápido como sea posible- pero te llevarán adonde quieras ir pulsando simplemente un botón“, apuntó Urmson.¿Y en caso de emergencia?Este botón de arranque, junto a otro para realizar una parada de emergencia, son los únicos puntos de interacción física del pasajero con el coche, que se controlará a partir de una aplicación para móvil en la que el usuario seleccionará el destino final.

Google, que asegura que ha priorizado ante todo la seguridad en el diseño de estos modelos,planea construir un centenar de prototipos que empezarán a probarse este mismo verano y, “si todo va bien”, la idea de la compañía es llevar a cabo un programa piloto en California en los próximos años.

Desde hace aproximadamente un año, otros vehículos de Google que se conducen solos pero aceptan que un humano pueda tomar el control sobre ellos en caso de emergencia -los Lexus RX450h equipados con sensores- han estado circulando por las calles de Mountain View (California, EE.UU.), donde el gigante tecnológico tiene su sede.

En todos los kilómetros que estos vehículos han recorrido hasta la fecha siempre ha habido un conductor humano sentado frente al volante, listo para, de salir algo mal, poder tomar las riendas del automóvil. Según Google, sus coches sin conductor no han registrado ningún accidentemientras el vehículo se ha conducido automáticamente.

http://www.expansion.com/

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¿Devolverá Podemos a la gente la propiedad de las compañías del Estado?

No descubriré nada si digo que el programa electoral de Podemos, al igual que el del PSOE, PP o IU, se halla en las antípodas del liberalismo: todas estas formaciones políticas apuestan por reforzar el poder y el control del Estado sobre las relaciones voluntarias emanadas de la sociedad. Sin embargo, entre las propuestas de Podemos figura una que, en caso de que sus promotores se tomaran verdaderamente en serio su programa, supondría un auténtico revulsivo privatizador para nuestra economía.

Así, la propuesta 1.6 de sus promesas electorales lleva por título Recuperación del control público en los sectores estratégicos de la economía, entendiéndose por tales sectores estratégicos las telecomunicaciones, la energía, la alimentación, el transporte, la sanidad, el sector farmacéutico y la educación. Hasta aquí nada demasiado novedoso: se insiste en la sempiterna falacia de que todos estos sectores quedan fuera del control del Estado cuando, en verdad, se hallan salvajemente hiperregulados (en muchas ocasiones, en privativo beneficio de los correspondientes lobbies) y, en algunos casos, incluso monopolizados de facto por la administración.

Lo llamativo no es esta copla -tan común en las palabras y en los hechos de nuestro panorama político- sino lo que viene a continuación. En concreto, el programa electoral de Podemos defiende “limitar las privatizaciones de las empresas, reconociendo el derecho patrimonial de la ciudadanía sobre las empresas públicas, y el carácter meramente gestor de los gobiernos sobre las mismas”. Aunque en apariencia se esté propugnado restringir la posibilidad de nuevas privatizaciones, las auténticas implicaciones de estas palabras conducen más bien a lo opuesto: convertir todos los bienes patrimoniales del Estado en patrimonio privado de los ciudadanos, es decir, a privatizarlos.

Dicho de otro modo, lo que Podemos está defendiendo -probablemente de manera inconsciente- es que, en realidad, no existen bienes de dominio privado de la Administración, sino que todos ellos son, en el fondo, propiedad privada del conjunto de los ciudadanos: el Gobierno meramente actuaría como el administrador que los ciudadanos, en cuanto a propietarios, han escogido de un modo idéntico a cuando los accionistas de una sociedad anónima escogen al consejo de administración.

Precisamente por lo anterior, no resulta válida la implicación que quiere extraer Podemos de ese muy liberal reconocimiento del derecho de propiedad privada de los ciudadanos sobre los bienes patrimoniales del Estado: “se entenderá por tanto que toda privatización debe hacerse mediante referéndum, ya que supone la venta de activos colectivos propiedad de la ciudadanía”. No. Del hecho de que los activos copados por el Estado sean propiedad colectiva de todos los ciudadanos no se deriva la necesidad de que su disposición se efectúe de manera monolítica por todos ellos.

En las sociedades anónimas, por ejemplo, la propiedad privada colectiva sobre los activos empresariales se halla dividida en porciones alícuotas (acciones) que son libremente transferibles por cada copropietario: esto es, cada cual es libre de disponer íntegramente de su paquete accionarial, ya sea para quedárselo (ejercitando los derechos políticos y económicos que de él emanan) o para enajenárselo a terceros. Si, según reconoce ahora Podemos, los bienes patrimoniales del Estado no son propiedad del Estado sino de los ciudadanos (y, en efecto, son propiedad de los ciudadanos, ya que han sido financiados con sus impuestos), ¿no sería lógico y deseable que se permitiera a cada ciudadano disponer individualmente sobre su porción ideal sobre esa propiedad privada colectiva?

Si así se hiciera, todas las empresas públicas que hoy caen bajo el estricto control de la casta política pasarían a estar automáticamente privatizadas, es decir, bajo la propiedad privada de los ciudadanos. Éstos serían soberanos para mantener o desprenderse de sus acciones y, por tanto, para nombrar o deponer a los profesionales que gestionaran tales empresas privatizadas -y que, evidentemente, no tendrían por qué guardar relación jerárquica alguna con el poder político constituido-, para determinar las remuneraciones de esos profesionales, para acotar sus competencias o incluso para cerrar y liquidar la compañía.

En suma, propugnar que los bienes patrimoniales del Estado son, en realidad, propiedad privada de los ciudadanos equivale a propugnar su privatización (que no su reparto a los amiguetes del Gobierno de turno). ¿Será consecuente Podemos y defenderá devolvernos a los ciudadanos la propiedad y la libertad de disposición individual sobre Renfe, Aena, RTVE, Correos, la Agencia Efe, Navantia, Loterías y Apuestas del Estado, Paradores Nacionales, Izar o toda la banca recientemente nacionalizada por el Partido Popular?
Juan Ramón Rallo, director del Instituto Juan de Mariana y profesor del centro de estudios OMMA. Puro liberalismo

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Prisa, Planeta y Unedisa piden a Rajoy que las ‘telecos’ cierren las webs ilegales

La industria cultural, los grandes medios de comunicación, las televisiones de pago y la Liga de Fútbol Profesional se han unido para presentar una serie de enmiendas al proyecto de Ley de la Propiedad Intelectual que se tramita actualmente en el Congreso.

Prisa, Mediapro, Unidad Editorial, Planeta, Atresmedia, Vocento, Bertelsman, la SGAE y la LFP, entre otras, van a solicitar esta semana al Gobierno de Mariano Rajoy que incluya tres modificaciones en la citada ley contra la piratería que buscan agilizar el bloqueo de las webs ilegales a través de los operadores de telecomunicaciones e incluir en la misma los contenidos audiovisuales, como el fútbol.

Está previsto que las modificaciones se presenten tras la clausura del foro Cultura en Red que organiza Bertelsmann estos días y en el cuál Antonio Fernandez Galiano, consejero delegado de Unidad Editorial, reconoció que “ha sido un tremendo error moverse en el terreno de lo gratuito” en los medios de comunicación. También han participado Fernando Carro, presidente de Bertelsmann España, Jose Luis Elías, director general de grupo Planeta, y José Luis Sainz, consejero delegado de Prisa Radio. Todos han coincidido en reclamar más educación y un marco legal estable para acabar con la piratería.

Las enmiendas a la ley

La primera enmienda solicita que se “amplíe la protección de los contenidos de prensa, audiovisuales y dispositivos físicos, asignando de manera explícita la tutela de la emisión de contenidos audiovisuales a la sección segunda”. Es decir, los grandes grupos, entre los que también está Atresmedia, piden que la ley no sólo proteja la propiedad intelectual y que, a diferencia de lo que ocurre, también se incluyan contenidos audiovisuales, como el fútbol.

El objetivo de esta medida es que la sección segunda de la Comisión de Propiedad Intelectual del Ministerio de Cultura, que es la encargada de detectar webs ilegales y solicitar su cierre, también pueda perseguir a páginas como Roja Directa, que piratean derechos deportivos. “Las televisiones están desprotegidas. Pagan millones por los contenidos y estos se pueden piratear”, explican fuentes conocedoras de las enmiendas.

La segunda modificación persigue agilizar y hacer más eficaz el procedimiento de cierre de webs “eliminando los requisitos que dificultan la aplicación del bloqueo de acceso a webs infractoras” y “establecer que la no resolución en plazo no significa la caducidad en el procedimiento, como se establece en el actual proyecto de ley”, reza el documento al que ha tenido acceso este diario. En concreto, esta enmienda persigue que se pueda ordenar directamente a las telecos como Telefónica que le corten o bloquee la señal de Internet a las páginas infractoras. Actualmente, el proyecto de ley reza que cuando se loca- lice una web ilegal se debe solicitar a Visa y a los anunciantes que dejen de trabajar con ellos para atacar la vía de financiación. Esta medida es ineficaz, ya que hay muchas plataformas de pago y centrales de medios por lo que el proceso se alarga y sólo se ordenaría a las telecos que cortaran la señal a través de un juez. Así, la industria cultural y los medios exigen que se comunique directamente a las operadoras el bloqueo inmediato de las webs, tal y como sucede con las páginas ilegales de juego online y en las de enaltecimiento del terrorismo.

Por último, la tercera enmienda reclama que se dote de más poder, autonomía y recursos a la sección segunda, que fue creada por la ley Sinde en 2008 para cerrar las webs que exponían contenidos intelectuales sin el permiso de los autores y que ha funcionado de forma deficiente. Esta sección está compuesta por funcionarios y depende del Gobierno, por lo que no tiene capacidad para iniciar procesos y no responden ante el sector. La enmienda pide que se dote de mayor autonomía y se nombren cada tres años “miembros independientes”.

http://www.eleconomista.es/

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El éxito de Podemos, en 5 claves

EFE

1. APARICIÓN EN TERTULIAS

Muchos vieron a Pablo Iglesias por primera vez en un televisor al sintonizar la tertulia de La Sexta Noche. Otros, sin embargo, ya le habían visto antes en El Gato al Agua de Intereconomía.

Sin embargo, el líder de Podemos lleva en televisión desde noviembre de 2010, cuando comenzó a presentar su propia tertulia, La Tuerka, en Tele K primero, y en Canal 33, después. “Un intento de experimentar en la comunicación política”, -como él mismo la definió en una entrevista con El Huffington Post-, que dura hasta hoy y que tiene como nuevo lugar de emisión la web del diario Público.

En esa misma entrevista, Iglesias explicaba que la idea de La Tuerka era “utilizar un medio que normalmente había sido patrimonio exclusivo del enemigo y normalizar una serie de razonamientos que, en principio, estaban alejados del mainstream”.

Cuando ese “experimento” tomó cuerpo, fue el momento de dar el salto a las tertulias más grandes, como la de El Gato al Agua de Intereconomía, donde Pablo Iglesias aparece por primera vez a finales de abril de 2013. “Es un gusto cruzar las líneas enemigas y charlar en territorio comanche”, fueron sus primeras palabras en una tertulia en la que coincidió con Alejo Vidal-Quadras, candidato de VOX, y en la que mantuvo un intenso enfrentamiento con Federico Jiménez Losantos.

Ese momento tuvo una gran repercusión en las redes sociales y a Iglesias le volvieron a llamar. “Funcionó hasta el punto de que creo que me llaman porque les doy audiencia, no tanto por razones ideológicas”, recordaba en febrero. En este programa protagonizó otros enfrentamientos con tertulianos de la derecha:

– “La derecha española el domingo se va a misa después de haberse ido de putas el sábado”
– Tertulia sobre Corea del Sur.
– Sobre el saludo fascista de los jóvenes del PP
Tras un par de apariciones en 13TV y en el Canal 24 Horas de TVE, Iglesias aterrizó en las tertulias de LaSexta (La Sexta Noche) y Cuatro (Las Mañanas). En ambas ha protagonizado también sonoros debates con periodistas como Eduardo Inda y Alfonso Rojo, que le llamó “mangante”, y con el secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, a quien le dijo: “no le pido que sea socialista, basta con que sea patriota”.

Actualmente compagina dos tertulias: La Tuerka y Fort Apache, en HispanTV desde enero de 2013.

La exposición de la imagen de Iglesias hizo que el líder de Podemos fuera el candidato más valorado en la encuesta de El País del pasado 16 de mayo junto a Ramón Tremosa, candidato de CiU, con un 5,2, frente al 4,3 de Valenciano y 3,9 de Cañete.

Además, el equipo de campaña de la formación decidió incluir la cara de Iglesias en las papeletas electorales para reforzar la marca de Podemos con el conocido rostro de su líder. Esto fue muy criticado en las redes sociales e incluso el propio candidato entendía las críticas y reconocía que le era “incómodo”.

2. SALTO A LA POLÍTICA

En las numerosas charlas que Pablo Iglesias ha dado en el último año e incluso en su propio programa de televisión, el líder de Podemos ha repetido una idea: “Me emocioné al escuchar a Ada Colau decirle al representante de las entidades financieras que era ‘un criminal’, pero me gustaría que se lo dijera siendo ministra de Vivienda: ‘Hola, soy la ministra y esto es un decreto ley de expropiación de las viviendas vacías en manos de los bancos'”.

Esa idea también la pronunció el 10 de enero de este año durante la presentación de las Marchas de la Dignidad en Mérida junto a Julio Anguita, impulsor del Frente Cívico, en la que también dijo que era “el momento de dar un paso adelante” y que concluyó con la siguiente frase: “vamos a movilizarnos porque queremos poder político”.

Era el germen de su proyecto político, que adelantó al diario Público con las siguientes palabras: “Sólo me implicaría en algo que estuviese construido desde la participación directa de la ciudadanía, que convocase a la gente a ser protagonista y no espectadora”.

Sólo una semana después de aquel discurso en Mérida, Iglesias presentaba Podemos en Madrid, rodeado de los que hoy forman parte de su equipo, incluidos el también profesor Juan Carlos Monedero o la número dos de su lista, Teresa Rodríguez. Su idea era “convertir la indignación ciudadana en cambio político” y para ello, se propuso como primera meta obtener 50.000 firmas de apoyo popular a través de la web podemos.info. Lo logró en poco más de 24 horas.

El primer paso estaba dado.

3. LOS CÍRCULOS PODEMOS

El siguiente paso era extenderse. Con ese fin, Podemos ideó a principios de febrero los llamados ‘Círculos Podemos’, espacios asamblearios en los que los ciudadanos pueden participar activamente para desarrollar el proyecto político. Así lo define la propia página de la formación:

“Cada círculo es un espacio de participación en el que la sociedad redacta y defiende un programa para hacer frente a la coyuntura de emergencia que viven los pueblos del sur de Europa, así como un espacio de protagonismo ciudadano de estas elecciones al Parlamento Europeo. Al mismo tiempo, cada círculo es un lugar de construcción de unidad popular, que se conforma no a través de la discusión interminable, sino a partir de la toma de decisiones conjunta y del trabajo colectivo concreto”.
El propio Iglesias explicaba a El Huffington Post que la idea de los ‘círculos’ perseguía “el empoderamiento de la gente”. “Están abiertos a todo el mundo, son espacios de protagonismo popular y tienen que tener su propio recorrido a la hora de plantear qué quieren hacer. No queremos que sean espacios en los que nosotros demos la consigna, sino instrumentos de la auto organización de la gente”, aseguraba.

Y así ha sido, porque desde el comienzo de la llamada ‘segunda fase’ hasta ahora, se han formado un gran número de ‘círculos’, no sólo en España, sino también en el resto del mundo, según los mapas publicados en la web de la formación

A la expansión real se suma la expansión virtual. El trabajo en las redes sociales también ha sido clave para que muchos conocieran las propuestas de Podemos. Según el software de comunicación de Augure, Pablo Iglesias fue, junto con Elpidio Silva, el candidato que contó con más influencia digital durante la campaña electoral. De hecho, en el último mes recibió más de 64.000 retuits en Twitter y más de 42.000 ‘me gusta’ en Facebook.

4. PRIMARIAS ABIERTAS Y PARTICIPATIVAS

Del 27 de marzo al 2 de abril, Podemos celebró sus primarias abiertas y participativas a las que concurrieron 150 personas que aceptaron la carta de compromiso de la formación y que fueron avaladas por más de 200 ‘círculos’. Un proceso en el que se pudo participar a través de Internet, pero también de forma presencial el pasado 30 de marzo.

La votación se dividía en dos fases: la primera, en la que se elegía al cabeza de lista; y la segunda, en la que se ordenaba el resto de la lista. Participaron 33.156 personas que eligieron a Iglesias como número uno por delante de Teresa Rodríguez, Carlos Jiménez Villarejo, Pablo Echenique y Lola Sánchez. Al tratarse de una lista cremallera (que alterna mujeres y hombres), los cinco primeros puestos, correspondientes a los cinco escaños que ha obtenido Podemos en las elecciones, fueron los siguientes:

1. Pablo Iglesias
2. Teresa Rodríguez
3. Carlos Jiménez Villarejo
4. Lola Sánchez
5. Pablo Echenique
En paralelo, desde finales de febrero se había iniciado el proceso de elaboración del programa electoral, que contó con tres fases: debate y aportaciones individuales a través de Internet, enmiendas de los ‘círculos’ y referéndum sobre las enmiendas a través de la web de la formación.

A finales de marzo, coincidiendo con las primarias, se presentó el programa definitivo. 40 páginas resumidas en seis puntos: recuperar la economía, conquistar la libertad, conquistar la igualdad, recuperar la fraternidad, conquistar la soberanía y recuperar la tierra. Todo ligado con una frase común, “construir la democracia”.

5. LOS 5 ESCAÑOS

“El día 25 muchos se van a llevar una sorpresa. No nos conformamos ni con uno, ni con dos, ni con tres escaños”, respondía Iglesias a El Huffington Post sobre las encuestas, que a principios de campaña le daban entre uno y dos escaños.

Y sí que hubo sorpresa, hasta entre sus partidarios congregados en la plaza del Reina Sofía en Madrid, que estallaron de júbilo al conocer los resultados definitivos, que otorgaban a Podemos cinco asientos en el Parlamento Europeo:

De esta forma, la formación envía a Bruselas a dos profesores (Pablo Iglesias y Teresa Rodríguez), un científico del CSIC (Pablo Echenique), una politóloga en paro (Lola Sánchez) y un exfiscal jefe anticorrupción (Carlos Jiménez Villarejo).

Al margen de los cinco escaños, gracias a los 1,2 millones de votos obtenidos, Podemos adelanta a UPyD para situarse como cuarta fuerza del país y logra ser la tercera fuerza política en comunidades como Madrid, Aragón, Canarias, Baleares y Asturias.

Pero el líder de Podemos aseveró el domingo que no se conformaban con el éxito de las europeas, porque no habían logrado su objetivo respecto a PP y PSOE, “superarles electoralmente”. Ya lo avisó en febrero: “No queremos dar la nota en esta campaña, queremos ser la nota de una nueva canción”. De momento, ha logrado la sintonía con una buena parte de la población.

http://www.huffingtonpost.es/

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¡Los ricos también sufren!

Mucho antes de que estallara la crisis económica, desde la década de los ochenta del pasado siglo, los países desarrollados han experimentado un continuo y creciente proceso de concentración del ingreso. Este es el panorama que presenta el informe realizado por la OCDE titulado “Focus on top income and taxation in OECD countries. Was the crisis a game changer?”, en el que se resumen las principales conclusiones del libro de Thomas Piketty “Capital in the twenty-first century”. La información estadística aportada procede de la base de datos World Top Income Database. Otros trabajos —los de Oxfam y Cáritas, por ejemplo— apuntan en la misma dirección.

 

Con más o menos crecimiento, con gobiernos de distinto perfil ideológico, en economías anglosajonas y continentales, en el Norte y en el Sur, a ambas orillas del Atlántico, el enriquecimiento de las oligarquías, en abierta connivencia con las élites políticas, ha seguido su curso. La información recogida en estos y otros textos, aunque parcial e insuficiente (la que recoge la OCDE se basa en las declaraciones fiscales, cuando es sabido que éstas sólo revelan una parte de las fortunas y riquezas atesoradas), es inapelable.

Y esto ha sucedido al mismo tiempo que los ingresos de la mayoría de los trabajadores se estancaban o apenas crecían (no es el caso, claro, de los percibidos por los equipos directivos), y cuando se abría paso, con enorme cinismo, la falacia de la austeridad presupuestaria y de la moderación salarial.

Concentración de riqueza y concentración de poder, pues ambas desmesuras van de la mano. Privilegios crecientes, en suma, y unas economías cada vez más debilitadas por el negocio financiero, la desigualdad en ascenso, unas disparidades productivas y territoriales crecientes, la usurpación de los espacios públicos y la utilización depredadora de recursos escasos. De aquellos barros estos lodos; de esa acumulación de riqueza y poder, esta deriva económica.

Una bomba de relojería que, tarde o temprano, tenía explotar. Primero, el crack financiero, y luego, la crisis general… pero los ricos a lo suyo, a hacer caja con las oportunidades que les brindaba la crisis, procurando (y consiguiendo) eludir los costes de la misma (sólo en los primeros momentos se redujo la riqueza financiera). Porque la crisis no ha reducido sus privilegios; todo lo contrario, los ha acrecentado, en un contexto de empobrecimiento general, el relativo de las clases medias y el absoluto de los más precarios e indefensos. Su poder económico y político es mayor que antes, es mayor que nunca.

El texto de la OCDE concluye con un abanico de recomendaciones destinadas a reformar la fiscalidad. Buena parte de esas recomendaciones se pueden suscribir, pues, sin duda alguna, otra economía necesita otra fiscalidad. Pero enfrentar la deriva oligárquica del proyecto europeo precisa amplias y profundas transformaciones económicas y, sobre todo, políticas, orientadas a que la ciudadanía recupere la soberanía que ha sido secuestrada por los mercados. Y esta perspectiva integra y al mismo tiempo trasciende los asuntos fiscales. Que la OCDE no saque estas conclusiones, es normal. Lo más preocupante y revelador es que las izquierdas hegemónicas pasen de puntillas sobre esta estratégica cuestión y no sean capaces de articular y compartir con otras izquierdas y con los movimientos sociales una propuesta “radicalmente” democrática.

http://econonuestra.org/actualidad/item/836-%C2%A1los-ricos-tambi%C3%A9n-sufren.html

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Conseguir la Alemania que Europa necesita

Desde el estallido de la crisis del euro en 2010, Alemania se ha situado en el centro de todas las decisiones y todas las críticas. Quien fuera el principal motor de la Unión Europea se muestra hoy escéptico y decepcionado. ¿Cómo atraer de nuevo a los alemanes?

Rara vez ha tenido Alemania tanta importancia en Europa –o ha estado tan aislada– como en la actualidad. Alemania ha tenido la mayor economía europea desde que se inició el proceso de integración pero, desde el comienzo de la crisis del euro en 2010, ha habido una especie de “momento unipolar”: ninguna solución a la crisis era posible sin Alemania o contra Alemania. Al mismo tiempo, desde Grecia hasta Libia, se ha visto a los alemanes cada vez más evasivos, ausentes e impredecibles. Aunque ha insinuado ahora que hará lo que haga falta para salvar el euro, gran parte de la Unión Europea está preocupada por el modo en que se hará. A muchos les parece que una República Federal cada vez más poderosa e independiente está renegociando los dos principios fundamentales que han guiado su política exterior durante décadas: la integración europea y la alianza occidental. Algunos incluso advierten de que está sentando las bases de un nuevo Sonderweg, o camino especial.

Aun así, muchos alemanes se sienten más víctimas que agresores. En concreto, se sienten traicionados por el proyecto europeo con el que en su día se identificaban quizá más que cualquier otro Estado miembro, aunque parece que ya no es así. Los medios de comunicación alemanes están con razón orgullosos de las reformas que su país ha llevado a cabo durante la última década, que han impulsado la productividad y la competitividad de una economía antes lastrada por los costes de la unificación. Pero la crisis del euro ha desencadenado una oleada de resentimiento respecto al supuesto precio que ahora se le pide a Berlín que pague por el despilfarro de otros y durante el último año el sentimiento populista se ha adueñado de la retórica nacional alemana.

 

De hecho, mientras que en el pasado los alemanes consideraban que la UE encarnaba ciertas virtudes de la Alemania de la posguerra como la rectitud fiscal, la estabilidad y el consenso, ahora la ven como una amenaza para esas mismas virtudes. Mientras que muchos europeos quieren que Alemania salve a Europa, ahora muchos alemanes quieren que les salven de Europa. Aunque otros países dan muestras de los mismos rasgos que presenta Alemania, debido a su tamaño y situación geográfica, y al modo en que su “anormalidad” sentó las bases de la “normalidad” europea, el nuevo euroescepticismo alemán podría socavar la integración y la seguridad dentro de Europa y perjudicar los propios intereses alemanes.

 

Réquiem por la República de Bonn
Transcurridas dos décadas desde la reunificación, ha surgido una nueva Alemania, más asertiva y nacionalista. Pero aunque parezca más fuerte vista desde fuera, desde dentro también da la impresión de fragilidad. La vieja República Federal, basada en el capitalismo de Renania y la economía social de mercado, tenía un sistema político guiado por el consenso, con sindicatos fuertes, una distribución relativamente equitativa de la riqueza nacional, un ascensor social en buen estado, buenas escuelas públicas y un sistema sanitario público accesible para todos. La Alemania actual es más anciana y pobre y se enfrenta a nuevos problemas sociales. Le inquieta la inmigración, va a la zaga de muchos países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) en asuntos como la igualdad de género y el número de guarderías infantiles, y su sistema educativo tiene graves defectos.

El sistema político también se ha fragmentado: ninguno de los dos partidos principales que en el pasado apoyaban la integración europea –los llamados Volksparteien o partidos populares– puede ya aspirar a conseguir el 40 por cien de los votos. El Partido Liberal (FDP) se ha vuelto más euro­escéptico a lo largo de 2010. Al mismo tiempo, tanto en la derecha como en la izquierda, partidos abiertamente euroescépticos como Linke o el Partido de la Izquierda, se han vuelto más fuertes. Esto deja a Los Verdes como el único partido de izquierdas que defiende la integración europea de la forma en que lo hacía Helmut Kohl. A consecuencia de ello, el liderazgo político –especialmente el de tipo paternalista y preeuropeo– se ha vuelto mucho más duro.

El cambio generacional también ha afectado a las actitudes alemanas respecto a Europa. Las anteriores generaciones de dirigentes alemanes se guiaban en gran medida por 1945, 1968 o 1989. Pero la generación alemana de 1989 tiene actitudes completamente diferentes hacia Europa. La mayoría de los jóvenes está más influida por el 11-S y la crisis económica que por el final de la guerra fría o la Segunda Guerra mundial. En consecuencia, Europa es algo que tienden a dar por descontado.

La base económica de Alemania también se ha estado alejando de Europa y acercándose a los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). Por ejemplo, las exportaciones alemanas a China crecieron más de un 70 por cien en los 18 meses transcurridos desde el comienzo de 2009 hasta la mitad de 2010.

Goldman Sachs pronostica que, suponiendo que las tendencias no cambien durante los próximos 18 meses, las exportaciones alemanas a China tendrán a finales de 2011 aproximadamente la misma magnitud que las dirigidas a Francia.

Como consecuencia de estos cambios a largo plazo ocurridos en Alemania desde la reunificación, el euroescepticismo es más aceptado socialmente, incluso es elegante. Hay que reconocer que la ciudadanía alemana nunca ha establecido un vínculo emocional con el euro. Sin embargo, desde 2002, cuando la nueva moneda se hizo realidad y, en opinión de muchos alemanes, encareció las cosas, la opinión pública se ha vuelto más dura con el euro. La normativa europea también distancia a los alemanes de Europa (como ha estado distanciando durante mucho tiempo a otros Estados miembros). La crisis griega de 2010 parece haber sido la gota que colmó el vaso. Una encuesta reciente muestra que el 63 por cien de los alemanes tiene poca o ninguna confianza en la UE, y para el 53 por cien, Europa ya no es el futuro.

Quizá aún más alarmante sea el modo en que la élite alemana ha perdido la fe en el proyecto europeo. Aunque siempre ha habido voces euroescépticas en Alemania, tendían a ser marginales. Desde la época de Gerhard Schröder, quien hablaba de la “normalidad” alemana, las élites germanas se han vuelto cada vez más críticas con la UE, lo que a su vez legitima el euroescepticismo popular. La expresión más importante y famosa de este nuevo euroescepticismo alemán es la sentencia de 2009 del Tribunal Constitucional alemán sobre el Tratado de Lisboa.
En cierto sentido, es bueno que Alemania mantenga ahora por primera vez un debate abierto sobre Europa. Sin embargo, no ha surgido todavía ninguna narrativa que sustituya la idea de la integración europea como una cuestión de guerra o paz. Pocas figuras políticas alemanas parecen dispuestas o capaces de defender la idea de Europa como una vía para favorecer los intereses alemanes en asuntos como la política energética, el mercado laboral o la inmigración. Por el contrario, como ilustra su respuesta al problema de Libia, a Alemania le falta ambición y una visión estratégica de Europa.

La tentación de ir por su cuenta
Entre 1949 y 1989, los dos principios básicos de la política exterior de la República Federal fueron la alianza transatlántica y la integración europea. Pero desde la reunificación, Alemania ha empezado a emanciparse, tanto del orden de Maastricht que ayudó a forjar dentro de Europa, como del acuerdo posterior a Yalta que definió su función a escala mundial. Muchos de los cambios que se están produciendo son consecuencia natural de la historia y reflejan un proceso de maduración hasta convertirse en una potencia “normal”, algo que inicialmente fue acogido con agrado por sus socios europeos. Pero el concepto de “normalidad” también es problemático porque hace que Alemania esté tentada de verse a sí misma como una potencia viable en un mundo multipolar.

– Revisar Maastricht. Desde el final de la guerra fría, la relación simbiótica entre Alemania y el resto de Europa se ha ido debilitando. Primero, el tándem franco-alemán se ha desequilibrado a favor de Alemania. El pacto lleva algún tiempo desmoronándose como consecuencia de tres fuerzas: la ampliación de la UE, que ha reducido el tamaño relativo del núcleo y aumentado el de la periferia; el desfase cada vez mayor entre el rendimiento económico francés y el alemán; y la llegada de la crisis financiera, que ha hecho que el poderío económico destaque aún más. Segundo, Alemania se ha desenamorado de la Comisión Europea, en parte como consecuencia de la creciente hostilidad que manifiesta el Tribunal Constitucional alemán hacia la Comisión. Tercero, Alemania se ha ido olvidando de los países pequeños (hecho que en sí mismo es una consecuencia del desmarque alemán de la Comisión). Cuarto, Alemania se siente menos inclinada a pagar más por la UE que otros Estados miembros, mientras que su representación formal queda restringida al mismo grado que el de otros Estados grandes. Con la creación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF) y el supuesto Mecanismo Europeo de Estabilidad, Alemania ha señalado que, cuando asuma una parte desproporcionada de la carga financiera (como ha hecho en los rescates de Grecia e Irlanda), exigirá una voz formal que refleje su compromiso.

La reticencia de Alemania a ser la fuente de financiación de Europa se ve recalcada por la sensación cada vez más extendida entre los círculos económicos de que el país está sobrepasando el mercado único. Esta sensación se resumía en la afirmación de que “Alemania necesita a los BRIC más que a los PIIGS [en relación a Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España]”, que se escuchaba por todo el Bundesbank en 2010. Esta frase no se fundamenta en pruebas económicas: Alemania sigue comerciando más con la UE que con los países de fuera de ella, y su comercio con el sur de Europa ha crecido enormemente desde que se introdujo el euro. Pero esa idea representa una tendencia de opinión que se propaga por todos los medios de comunicación.

– Revisar el orden posterior a la guerra fría. Además de desafiar el orden de Maastricht, Alemania está desafiando el orden que los estadounidenses y los europeos construyeron al terminar la guerra fría. La abstención de Alemania en la votación de la Resolución 1973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la zona de exclusión aérea libia ha sido la última prueba de que la República Federal está renegociando la función que ha tenido en la política exterior después de Yalta en los asuntos regionales y mundiales. Aun cuando el comportamiento de Angela Merkel tras la votación parezca indicar que se arrepiente de no haber votado, el desarrollo de una postura en política exterior que esté menos instintivamente alineada con la UE y EE UU sí parece formar parte de una tendencia general.

Durante la guerra fría, Alemania Occidental estaba completamente integrada en la Alianza Atlántica. Durante los primeros 10 años después de la reunificación, Alemania era visto como un estabilizador geopolítico un tanto pasivo: fiablemente atlantista, proampliación y decidida a transformar Rusia de un modo que no conllevase enfrentamientos, y dispuesta a costear las caras políticas regionales de Europa. Sin embargo, desde la guerra de Irak, Alemania se ha vuelto menos atlantista. El trato de Berlín con Washington se ha vuelto cada vez más pragmático y bilateral. Como el apoyo a la ampliación se ha vuelto más condicional, Alemania y Rusia se han acercado conforme han ido aumentando los vínculos económicos.

Parte de la nueva política exterior no alineada de Berlín es consecuencia de los cambios por los que el país ha pasado desde la reunificación. Tras el fin de la guerra fría, Alemania ya no necesita depender de una garantía de seguridad estadounidense. También es comprensible que las autoridades militares se sientan frustradas por el hecho de que, pese a haber realizado enormes esfuerzos para participar en misiones como Afganistán, otras potencias como Reino Unido y EE UU sean tan críticas con las limitaciones por las que se rige la Bundeswehr [Fuerza de Defensa Federal]. La nueva política exterior “neomercantilista” e independiente de Alemania también refleja la nueva definición de sus intereses como consecuencia, sobre todo, de los cambios ocurridos en su economía durante la última década. A medida que la economía alemana se traslada de la zona euro a los BRIC, la posibilidad de ir por su cuenta en política exterior resulta cada vez más tentadora para Berlín. Alemania sigue pensando que Europa es muy importante, pero la considera cada vez más lenta, compleja y costosa, y para muchos miembros de sus élites, la rentabilidad de la inversión ya no parece garantizada.

Cómo está respondiendo Europa a la República de Berlín
El revisionismo alemán de los órdenes posteriores a Maastricht y Yalta ha creado un vacío estratégico dentro de la UE que ni Alemania ni otros Estados han conseguido llenar todavía. En cierto sentido, Alemania era el país más reacio a descartar el orden de Maastricht, porque tenía miedo de asumir más responsabilidad por Europa. Ahora el país se enfrenta a una decisión: puede volver a comprometerse a colaborar con el resto de la UE –y ejercer una hegemonía económica benigna dentro de la zona euro– o puede ser un Estado de la UE más “normal” que persiga sus intereses nacionales de una forma más limitada. Sin embargo, si elige la segunda opción, cada vez se enemistará más con otros Estados, los cuales seguramente seguirán las diversas estrategias que se han usado en el pasado para responder al poder de las hegemonías.

En los últimos años, a medida que la UE se ha vuelto más grande, con un abanico más diverso de intereses opuestos, el avance se ha logrado a menudo mediante coaliciones “minilaterales” (pequeños grupos de Estados que cooperan para desarrollar nuevas iniciativas). En 2010, conforme ha aumentado el poder alemán, se han formado cada vez más coaliciones “minilaterales” en torno a Alemania a medida que otros Estados optaban por adaptarse al poder germano y, de paso, procurar que este se use en su beneficio. Por ejemplo, a fin de salvaguardar la calificación de triple A de Francia, el presidente Nicolas Sarkozy ha reducido sus críticas contra la gestión económica alemana y ha cambiado su anterior papel de portavoz extraoficial de los intereses de los países deudores por uno nuevo de socio de Alemania en la gestión de la crisis del euro.

Pero aunque actualmente dé la impresión de que otros Estados miembros hacen cola para arrimarse a Alemania, algunos seguramente tratarán de bloquear iniciativas alemanas en el futuro. Durante el último año, los Estados han impedido así la adopción de un nuevo tratado, el nombramiento de Axel Weber como director del Banco Central Europeo y la adopción de sanciones “automáticas” contra los países que incumplan el Pacto de Competitividad.

Otra estrategia desplegada es el chantaje. Uno de los motivos por los que la opinión pública alemana es tan hostil hacia los países deudores es que tiene la impresión de que los griegos y los irlandeses están chantajeándoles con desestabilizar toda la zona euro si Alemania no los rescata. Hay algo de verdad en esto. De hecho, la teoría de las relaciones internacionales ha demostrado hace mucho que las alianzas multilaterales en las que un Estado controla una parte desproporcionada del conjunto de los recursos fomentan inevitablemente los abusos. La razón es que los aliados del Estado más poderoso saben que este se ocupará del bien común por su propia conveniencia.

Finalmente, es probable que algunos países intenten socavar la legitimidad de Alemania. Por ejemplo, cuando a Grecia se le ordenó que recortase drásticamente el gasto y subiese los impuestos a cambio de un rescate de 10.000 millones de euros, el vicepresidente, Theodoros Pangalos, dijo que los vástagos de los nazis no tenían ningún derecho a dar órdenes a los griegos; el periódico Ethnos escribió que los alemanes estaban convirtiendo Europa en un “Dachau financiero”; y el alcalde de Atenas presentó una factura de 80.000 millones de euros por la ocupación de Grecia durante la Segunda Guerra mundial.

Un nuevo pacto para Europa
A menos que Alemania encuentre una nueva forma de trabajar con sus socios europeos, estas estrategias para domar el poder alemán podrían terminar perjudicando los intereses de Alemania y, al mismo tiempo, conducir a la UE a un punto muerto. Sin embargo, para persuadir a Berlín de que tiene más que ganar si convierte el desarrollo de una política europea en su objetivo fundamental, los Estados miembros no solo deberían señalar los peligros de actuar por su cuenta, sino también desarrollar incentivos para que Alemania desempeñe una función más positiva dentro de la UE. Deberían hacer lo posible para que a Berlín le compense apostarlo todo a Europa: un nuevo pacto de gobierno económico dentro de la UE, un nuevo planteamiento de la seguridad regional y una visión de una Europa mundial que defienda el interés de todos al tratar con potencias en auge como China.

– Gobierno económico dentro de la UE. Alemania ha dado a entender ahora que hará lo que haga falta para salvar el euro, mostrando una determinación que pocos predecían en 2010. Parece inevitable que se produzca una integración más profunda de la zona euro por medio del nuevo “Pacto por el Euro Plus”. Pero existe el peligro de que estos intentos conduzcan a una Europa de dos velocidades en dos diferentes formas. La primera posibilidad es que una integración más profunda de la política económica entre los 17 países del euro dé lugar a una división entre ellos y los otros 10 Estados miembros, que podrían encontrar el acceso a la moneda única mucho más difícil e incluso verse permanentemente excluidos. La segunda posibilidad es que se cree un cisma entre los países deudores y los acreedores, con una diferencia de competitividad cada vez mayor como consecuencia del “rescate hacia dentro” y la permanente carga de la deuda de los países endeudados.

A fin de evitar una Europa de dos velocidades, se necesita un nuevo pacto. Los deudores como Grecia tienen que aceptar las ataduras del Pacto de Competitividad, pero los acreedores como Alemania también tienen que mostrar una mayor flexibilidad a la hora de abordar los problemas que han originado la crisis. Es también la única manera de evitar que, en los próximos años, crezcan los sentimientos antialemanes como consecuencia de las políticas de austeridad en la periferia, por un lado, y el populismo alemán del “pagador”, por otro.

Primero, se necesita un regulador bancario paneuropeo a fin de realizar pruebas de resistencia de un modo más estricto e independiente. Segundo, los Estados deben modificar los términos del FEEF para permitirle recapitalizar tanto a los bancos como a los Estados, lo que posibilitaría la reestructuración de la deuda soberana sin precipitar una crisis bancaria. Y tercero, la UE debe plantearse la posibilidad de crear eurobonos que garanticen que los países que han reestructurado su deuda no tengan que cargar con tipos de interés agobiantes en la deuda que les quede.

– Seguridad regional europea. La decisión de Berlín de alinearse con los BRIC en la votación de la Resolución 1973 de la ONU ha llevado a algunos a preguntarse si Alemania se está moviendo hacia una política exterior no alineada en vez de apoyar el desarrollo de una Política Exterior y de Seguridad Común (PESC). Sin duda, Alemania tiene algunos intereses en común con estos mercados emergentes: una economía orientada a la exportación y una reticencia a verse envuelta en conflictos en lugares lejanos. Sin embargo, esta caracterización de la política exterior alemana no tiene en cuenta la importantísima función que Alemania ha empezado a desempeñar dentro de la propia región europea. Al tender la mano a Polonia e instar a Rusia y Turquía a que participen responsablemente en la resolución de los conflictos regionales, Berlín ha empezado a mostrar una clase distinta de liderazgo en la seguridad europea. Sin embargo, otros Estados no han hecho –por desgracia– lo suficiente por apoyar la visión expuesta por los alemanes en Meseberg. El resto de la UE –con la orientación de Alemania y Polonia– debería ahora respaldar este planteamiento.

¿Qué puede ofrecer la UE a Berlín en sus negociaciones con los países vecinos que no pueda conseguir por sí solo? Los altos cargos de la diplomacia alemana citan tres tipos de beneficios: primero, la capacidad para avanzar en ámbitos como el comercio, en el que los Estados han compartido soberanía; segundo, legitimidad y oportunidad para evitar acusaciones de unilateralismo; y tercero, un multiplicador financiero para sus propias iniciativas en relación con los socios no europeos.

El mayor desafío a la larga será salvar la distancia entre Alemania y otros Estados miembros grandes en lo que respecta al uso de la fuerza. También deberían darse pasos para reparar la fisura abierta a causa de Libia mediante una diplomacia paciente. Es importante que a Alemania se le encomiende una función destacada en cualquier “grupo de contacto” creado para hacer frente al conflicto y al periodo posterior. El impulso de la futura PESC dependerá de la actitud de los tres grandes. Francia y Reino Unido tienen la responsabilidad compartida de integrar a Alemania en vez de volver a una entente cordial franco-británica.

– Europa en un mundo de dos grandes potencias. Para el unilateralismo alemán, la mayor tentación se encuentra en la escena mundial, puesto que el alcance económico internacional de Alemania supera de lejos el de todos los demás Estados de la UE. La pregunta, por tanto, es cómo pueden los demás países emplear el peso económico de Alemania para desarrollar una estrategia general para la Unión, en un mundo que estará cada vez más gobernado por dos grandes potencias: EE UU y China.

Teniendo en cuenta que Berlín es responsable del 45 por cien del comercio de la UE con China, ¿puede recibir lecciones de los otros 26? Está claro que no. Pero, ¿se beneficiaría Alemania de una postura europea común frente a China? Probablemente sí. Aunque algunas empresas y funcionarios alemanes tengan la sensación de que pueden avanzar más con un enfoque unilateral, muchos comprenden que, a la larga, Berlín luchará por no dejarse dominar en un mundo de potencias cuyo tamaño equivale al de un continente.

Otros países miembros pueden fácilmente dejar atrás a Alemania si de repente se inicia una competición abierta por conseguir favores económicos de Pekín. El número de países que buscan un acercamiento político y económico unitario y asertivo está reduciéndose. Incluso los que estaban a favor de una estrategia económica estricta como España, Portugal, Grecia y Polonia están ahora abandonando la lucha en asuntos delicados como la competencia desleal o el acceso al mercado para los proyectos públicos de infraestructura. En 2010, la UE empezó a desarrollar un planteamiento más estratégico respecto a China basado en el compromiso recíproco, pero se vio socavado por la vulnerabilidad de los países periféricos frente a la “diplomacia de los bonos” de China. A menos que la UE mejore mucho y muy deprisa la coordinación de su política respecto a China y aprenda a usar su influencia (por ejemplo, en relación con la necesidad china de tecnología avanzada), existe el peligro de verse desacreditada. Esto dejaría a Alemania en una posición más débil para negociar con China, y en una situación mucho más cercana a la padecida por Japón durante la década pasada. A fin de evitar este destino, Alemania tiene que convertir su actual fuerza económica en una ventaja decisiva para impulsar una estrategia europea.

La Alemania que Europa necesita
“Nada hace perder su compostura a los alemanes tanto como tratar de encontrarse a sí mismos”, escribió una vez Kurt Tucholsky. Alemania rara vez ha estado sumida en un proceso de autorreinvención como el que atraviesa ahora: siente el impacto de la reunificación en su sistema político, su economía y su sociología (y está empezando a darse cuenta de que el modelo de la República de Bonn ya no funciona). Sin embargo, todavía no hay una nueva narrativa nacional sobre lo que Alemania debe o quiere ser (y el lugar que quiere ocupar en Europa).

Alemania necesita ayuda para volverse europea de nuevo, pero su papel en Europa será distinto del que desempeñó en el pasado. Al poner su propia casa (económica) en orden, los demás países europeos le brindarán el mejor apoyo posible para su difícil debate sobre Europa. La opinión pública alemana necesita que sus vecinos le aseguren que no la están estafando. La mejor forma de convencer a Alemania para que siga aspirando a desempeñar un papel en el mundo a través de la UE sería que otros países grandes se esforzasen más por ser europeos a la hora de tomar sus propias decisiones.

Alemania es demasiado grande para fracasar. Eso significa que los otros 26 Estados tienen que pasar por el mismo proceso de reinvención en el que se ha embarcado la élite alemana, y diseñar un nuevo planteamiento respecto a Europa que pueda garantizar sus intereses nacionales, en un momento en el que Alemania ha perdido su vínculo romántico con la UE. Entender esto podría ayudar al resto de Europa a conseguir la Alemania que necesita.

http://www.politicaexterior.com/articulo?id=4691

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El fantasma de la Europa multipolar

Poco puede hacer la UE para evitar que Europa evolucione de un orden unipolar a otro multipolar, pero puede hacer mucho para moldear la relación entre sus polos emergentes: Rusia y Turquía. A las tres potencias europeas les interesa que haya orden entre ellas.

La Unión Europea se ha pasado buena parte de la última década defendiendo un orden europeo que ya no funciona, esperando un orden global que probablemente nunca llegará. En consecuencia, el continente europeo es menos estable de lo que creíamos, y la UE menos influyente de lo que esperábamos. Es cierto que una guerra entre las principales potencias es poco probable, pero los gobiernos de la Unión saben que sus instituciones de seguridad no fueron capaces de evitar la crisis de Kosovo en 1998-99, frenar la carrera armamentística en el Cáucaso, evitar los cortes de suministro de gas a la UE o la guerra ruso-georgiana en 2008, ni detener la inestabilidad en Kirguistán en 2010, por no mencionar la falta de progresos en la resolución de los otros “conflictos congelados” del continente.

Al mismo tiempo, dos de los tres actores clave de Europa en materia de seguridad están cuestionando cada vez más la legitimidad del orden existente o su papel dentro de ese orden. Rusia, que nunca ha visto con buenos ojos las ampliaciones de la OTAN o la UE, es lo suficientemente poderosa en la actualidad para exigir sin tapujos una nueva arquitectura de seguridad europea. Turquía, frustrada por la poca visión de futuro con que algunos de los Estados miembros de la UE han bloqueado sus negociaciones de adhesión, cada vez más está llevando a cabo una política exterior independiente y buscando un papel más destacado, acorde a sus crecientes aspiraciones internacionales. A menos que los países de la UE abran nuevos capítulos de la negociación de adhesión de Turquía, esta tendencia irá en aumento.

Los cambios dentro del espacio europeo se están produciendo en un contexto global en que Europa como bloque está perdiendo su centralidad en política internacional. A medida que nuevos focos de poder con mentalidad soberanista como China desafían la visión multilateral europea, el interés de Estados Unidos en los europeos disminuye drásticamente. La perpetuación de este orden disfuncional también significa que la UE no está utilizando las herramientas que tiene a su disposición. En este contexto, a los Estados miembros de la Unión les interesaría responder de manera creativa a la propuesta del presidente ruso, Dmitri Medvedev, de crear una nueva arquitectura de seguridad y desarrollar su propio orden para el espacio europeo que institucionalice la UE como un actor principal en materia de seguridad.

La Europa multipolar en un mundo multipolar

En la década de los noventa, la UE esperaba que el poder duro de EE UU apuntalara la extensión del poder blando europeo y la integración de todas las potencias regionales en un orden liberal en el que el imperio de la ley, la soberanía compartida y la interdependencia sustituyesen de forma paulatina a los conflictos militares, el equilibrio de poderes y las esferas de influencia. Esta visión europea para exportar la paz y la seguridad se basaba en la idea de valores e instituciones compartidos, lo que podría denominarse el paradigma de la “ampliación democrática”. Pero el momento unipolar de la UE ha acabado. Aunque los europeos fueron raudos en dar la bienvenida al ascenso de un mundo multipolar, fueron mucho más lentos en identificar la emergencia paralela de una Europa multipolar, que se define cada vez más por la competencia entre las principales potencias del continente –la UE, Rusia y Turquía– para influir en un conflictivo vecindario de Estados creados a partir de la ex Unión Soviética y la ex Yugoslavia. Como respuesta a la emergencia de una Europa multipolar, muchos en la UE y EE UU han comenzado a experimentar con una alternativa al paradigma de la “ampliación democrática” que podría denominarse “realismo basado en intereses”. Pero esta estrategia no tiene más posibilidades que la anterior a la hora de crear un auténtico orden europeo.

En lugar de ello, los países de la UE deben dejar de pensar en la historia de la Europa de los últimos 20 años como el desarrollo de un proyecto único centrado en la Unión y en la OTAN, y entenderla más bien como la historia de cuatro proyectos paralelos de creación de identidad, todos ellos jóvenes, endebles y vulnerables de maneras distintas. Tres de los proyectos son los polos emergentes de la Europa multipolar: el proyecto interno de la UE, que se basa en la idea de la seguridad a través de la soberanía compartida, el proyecto postimperial de Rusia, que tiene como objetivo crear un Estado que movilice a la nación para que actúe en su nombre; y el proyecto postkemalista de Turquía, dirigido a crear una “democracia musulmana” orientada hacia la UE con su propia política exterior independiente. El cuarto proyecto existe en los lugares intermedios; en otras palabras, en los nuevos Estados soberanos en el territorio de la ex Unión Soviética y la ex Yugoslavia. La dinámica de estos cuatro proyectos ha cobrado incluso mayor importancia a medida que EE UU vuelve a recuperar su papel de actor equilibrador exterior en Europa.

El nuevo dilema de seguridad de la UE

Al lado de EE UU, la UE se veía a sí misma como la gran vencedora de la guerra fría. Pero muchos de sus triunfos aparentes vuelven ahora para atormentarla: los rusos se resienten de su supuesta “humillación”; el euro está en crisis; y las potencias económicas en ascenso que se han beneficiado de la globalización no están apoyando la agenda multilateral global de Europa. La crisis financiera ha revelado las contradicciones estructurales en el seno del proyecto inacabado de la UE: las economías de los Estados miembros necesitan más inmigrantes que los que sus poblaciones parecen estar dispuestas a tolerar y la unión monetaria necesita más integración política que la que sus élites son capaces de ofrecer. Pero aunque tanto la población europea como sus élites políticas están decepcionadas con la actuación de la UE, paradójicamente la consideran un actor clave no solo en la economía sino también cada vez más en la política exterior y de seguridad.

El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (ECFR, en inglés) ha realizado un estudio único de las élites de la política exterior de los 27 Estados miembros, que incluyó más de 250 entrevistas y un análisis de los documentos sobre seguridad nacional de todos ellos. Según sus conclusiones, las élites de la política exterior han redefinido básicamente el concepto de seguridad en tres sentidos. En primer lugar, perciben cada vez más la seguridad como las compañías de seguros y no como los planificadores militares; es decir, dan por sentada la paz y piensan en términos de riesgos en lugar de amenazas. En segundo lugar, el vacío dejado por la ausencia de guerra se ha llenado con temores posmodernos, con amenazas a sus estándares de vida: el impacto de la crisis financiera, la inseguridad energética, el cambio climático y la inmigración. En tercer lugar, los europeos temen cada vez más quedarse marginados a medida que Occidente pierde poder. Por ejemplo, casi todos los Estados de la UE están interesados en lo que William Walker ha denominado “seguridad de posición”.

Junto a estos cambios en la percepción de las amenazas, los países europeos parecen estar replanteándose su enfoque respecto a la seguridad. Y lo que es más sorprendente, parecen dejar atrás las divisiones que han afligido a la UE a lo largo de la última década. Esperábamos que el estudio demostrase una amplia variedad de percepciones incompatibles sobre las amenazas y que confirmase las divisiones estructurales entre los Estados miembros de la UE en sus relaciones con grandes potencias como Rusia o EE UU. En lugar de ello, sin embargo, el estudio ha revelado un sorprendente grado de unidad respecto a la percepción sobre las amenazas. Existe un nuevo consenso sobre cómo lidiar con Rusia, dado que los “viejos europeos” han perdido la fe en el poder transformador de la integración y los “nuevos europeos” se han hecho escépticos en cuanto a las posibilidades de contener a Moscú. Aunque muchos entre las élites de la UE siguen apoyando tanto su ampliación como la de la OTAN, han perdido la confianza en la capacidad de ambas para actuar como el principal marco institucional para la seguridad europea. Ahora también existe un acuerdo entre los europeos sobre la necesidad de conceder a la UE un papel más importante para garantizar la seguridad en Europa.

El discreto encanto del revisionismo ruso

La “cuestión rusa” ha planteado los interrogantes más desafiantes para los arquitectos del orden europeo a lo largo de las tres últimas décadas, pero la combinación peculiar de fortalezas y debilidades de la Rusia de hoy la hacen incluso más compleja que la URSS antes de 1991. Desde la intervención militar de la OTAN en Kosovo, en 1999, Rusia se ha convertido en una potencia cada vez más revisionista. Sin embargo, aunque el Kremlin sigue considerando la ampliación de la OTAN en el espacio postsoviético como la principal amenaza a la seguridad de Rusia, su élite de política exterior tiene una opinión muy diferente sobre las amenazas y sobre el orden europeo que esa ampliación creó hace solo unos años. En concreto, el temor de la élite rusa al retraso económico ha llevado a un replanteamiento de la estrategia rusa: de acuerdo con un informe filtrado, los aliados del presidente Medvedev insisten en que crear alianzas para modernizar la economía debería constituir el principal objetivo de la política exterior rusa en la actualidad. La política exterior, por tanto, se orientaría sobre todo a crear un Estado bien acorazado que se integraría en la economía global pero que estará protegido de la influencia política externa.

De ese replanteamiento ha surgido una nueva Westpolitik que se centra en cuatro objetivos: reafirmar la identidad europea de Rusia; convertir el desarrollo económico en la principal meta de la política exterior; desarrollar una cooperación estratégica con EE UU, manteniendo al mismo tiempo intensos contactos con los nuevos centros de influencia global como China, India y Brasil; y aceptar la realidad de la UE centrándose paralelamente en la cooperación estratégica con algunos Estados europeos clave, sobre todo Alemania. Por tanto, la propuesta de Medvedev refleja un cambio genuino en la forma en que Rusia define sus intereses en materia de política exterior y su necesidad de ayuda de la UE. En particular, Rusia quiere acordar un nuevo tratado de seguridad lo antes posible, porque muchos miembros de su élite política son conscientes de que el reciente renacer de Rusia puede ser un simple ascenso temporal de una potencia en declive. Aunque este nuevo enfoque se fundamenta en bases todavía muy frágiles, crea una apertura real para una relación más cooperativa.

Es probable que Rusia siga compitiendo con la UE en su vecindad. Las élites rusas harán lo que esté en su mano para resistir las políticas occidentales de transformación o contención. Consideran el control sobre las rutas de exportación de gas y petróleo procedentes del espacio postsoviético como un requisito para el papel global de su país, y quieren crear unas condiciones favorables en el espacio postsoviético para el desarrollo de sus negocios, que actualmente no son competitivos. Pero las élites también son muy conscientes del peligro de la “conquista imperial excesiva” y la política de vecindad de Rusia no está simplemente –como algunos dan por sentado– tratando de retrasar el reloj a la era soviética. En virtud de sus objetivos estratégicos en la vecindad, Rusia también concede una enorme importancia al desarrollo de una asociación estratégica con Turquía y, por tanto, es partidaria del ascenso de este país como centro independiente de poder y como foco energético.

Turquía: un actor, no un problema

Antes en la periferia de Occidente, Turquía ha emergido poco a poco como el centro de su propio mundo, que incluye Oriente Próximo, el Cáucaso y los Balcanes, e incluso áreas más distantes como el golfo Pérsico y el norte de África. Como el ministro turco de Asuntos Exteriores, Ahmet Davutoglu afirma, “Turquía es un actor, no un problema”. Durante buena parte del periodo posterior a 1989, el principal objetivo de la política exterior turca fue la integración en la UE, pero a medida que su población y economía han crecido, e importantes Estados de la Unión han manifestado menos entusiasmo respecto a la ampliación, Turquía está canjeando de forma creciente su lugar como miembro de segunda clase del club occidental por un verdadero intento de convertirse en una potencia regional con voz global.

Aunque Ankara está comprometida con su adhesión a la UE y sigue siendo un aliado incondicional de la OTAN, el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, y su Partido Justicia y Desarrollo (AKP) han diseñado una nueva y ambiciosa política exterior basada en la versión de Davutoglu de la idea de “profundidad estratégica”. Ahora Turquía tiene como objetivo profundizar sus vínculos políticos y económicos con países y regiones al otro lado de sus fronteras, con el fin de adquirir una voz más fuerte en los asuntos globales. En ocasiones, Turquía incluso ha estado preparada para plantar cara a Washington y a sus aliados de la OTAN. Al igual que la opinión pública turca cambia, su relación con la UE también ha cambiado. Su adhesión a la UE sigue siendo una prioridad, pero sin duda no es la prioridad del AKP como era en el periodo 2002-05.

Ahora Turquía también posee su propia política de vecindad, guiada no por las raíces islámicas del AKP ni por el sentimiento de solidaridad hacia los vecinos de Oriente Próximo, sino por cálculos pragmáticos. Hoy Turquía despliega recursos económicos y de poder blando, así como poder duro, sobre todo entre sus vecinos de Oriente Próximo, pero también en el sureste de Europa y el Cáucaso. Gracias a su política de vecindad, Turquía se está convirtiendo, junto a la UE y Rusia, en un polo de la emergente Europa multipolar. Ankara también mantiene una nueva relación con Moscú basada en intereses económicos y estratégicos convergentes.

La política exterior postkemalista turca, su política de vecindad y su papel en la emergente Europa multipolar son producto de cambios sistemáticos de poder en Europa y Oriente Próximo. La arquitectura de seguridad de Europa debería reconocer y responder de manera eficaz a esta nueva realidad. Conceder a Turquía un asiento de primera fila en la nueva administración de la seguridad europea ayudaría a la UE a aprovechar el poder blando y el poder duro de Turquía en su vecindad.

Un Estados Unidos posteuropeo

El último capítulo de la participación de EE UU en la seguridad europea se plasmó en la ausencia de un acontecimiento: la decisión del presidente Barack Obama de no asistir a la celebración del vigésimo aniversario de la caída del Muro de Berlín porque, según informó su portavoz, simplemente tenía otros compromisos más importantes. Su ausencia en la conmemoración fue una ilustrativa metáfora del cambio de EE UU hacia un papel de actor equilibrador exterior en Europa.

La garantía de seguridad de Washington para sus aliados europeos sigue siendo firme, pero su importancia ha ido disminuyendo de forma progresiva. Este desapego respecto a las cuestiones de la seguridad interna europea refleja transformaciones estructurales en el mundo que han reducido la centralidad de Europa para la estrategia estadounidense, y probablemente esto va a continuar así incluso aunque se produzca un cambio de administración. EE UU, que durante medio siglo fue el único y más importante factor de seguridad en el continente europeo, seguirá ofreciendo una garantía frente a la reedición de un gran conflicto bélico en Europa, pero cada vez más espera que los europeos aborden en solitario otras amenazas para la seguridad.

A medida que EE UU se retira de Europa, sus actitudes hacia Rusia y Turquía también han ido cambiando. Pese a que los estadounidenses comparten muchas de las preocupaciones europeas sobre el retorno de las esferas de influencia en Europa, y algunas de las figuras principales de Washington siguen teniendo un particular interés en la situación en Georgia o Ucrania, claramente estas no han sido prioridades para la Casa Blanca o el departamento de Estado en sus contactos con Moscú. Incluso cuando han surgido cuestiones “casi en el exterior” –como la situación en Kirguistán–, la administración Obama se ha centrado en su impacto global. Si bien es cierto que las relaciones de EE UU con Rusia se han “reiniciado”, con Turquía se han producido algunos choques. Cuando Davutoglu viajó a Washington en junio de 2010, agentes de seguridad prohibieron la entrada de su equipo en la Casa Blanca, y su reunión con las autoridades estadounidenses tuvo que celebrarse en un hotel cercano. Este episodio ilustra la creciente desconfianza entre los dos países.

Con los Estados miembros de la UE decepcionados, los turcos frustrados y los rusos más importantes como socios que como oponentes, los estadounidenses se afanan ahora por demostrar mucho interés en la OTAN. No se ha producido ningún esfuerzo verdadero de alto nivel por parte de EE UU para incluir a los europeos en un debate real sobre los objetivos compartidos o sobre cómo podría reformarse la Alianza tras el daño sufrido en Afganistán. Más allá del rediseño de una defensa misilística regional, EE UU parece haber abandonado buena parte de sus ambiciones para la OTAN. Pero aunque el cambio de EE UU hacia un papel de actor equilibrador exterior ha alarmado a muchos en Europa, paradójicamente podría ayudarles a desarrollar un orden europeo legítimo en el que los estadounidenses estén presentes.

El orden que podría existir

Dado que la influencia política se desplaza del Atlántico al Pacífico, Europa corre el riesgo de dejar de ser un centro geopolítico para convertirse en una periferia. En estas circunstancias, a las tres principales potencias de Europa les interesa que haya orden entre ellas, para disponer de una base sólida que les permita comprometerse con el resto del mundo. Pero el nuevo orden europeo no puede ser simplemente una vuelta a un “concierto de potencias”, en el que la UE, Rusia y Turquía tracen líneas rojas territoriales o funcionales alrededor de los Estados en sus respectivas vecindades, para tratar de evitar el conflicto entre las principales potencias. El desafío al que Europa se enfrenta hoy consiste en demostrar cómo pueden convivir en armonía los nuevos, vulnerables e interdependientes proyectos de creación de Estados. La gestión de esa interdependencia debería sustituir al equilibrio de poderes como alma del nuevo orden europeo.

En lugar de un anacrónico “concierto de potencias”, la UE debería plantearse como objetivo el desarrollo de un “concierto de proyectos”, una manera de dar un soplo de aire fresco a los acuerdos multilaterales para debatir y gestionar la seguridad del continente en beneficio de todos. Más que tratar de convertir todas las naciones de Europa en Estados miembros de la UE o restablecer un equilibrio de poderes, el nuevo orden europeo debería diseñarse para ayudar a los proyectos de creación de Estados de Europa a convivir en paz. Esto supone reforzar la eficacia de la UE, consolidar la identidad postimperial de Rusia en sus fronteras actuales, fomentar la ambición de Turquía de ser una potencia regional con impacto global, aunque integrando la actividad de Ankara en un marco común, así como estimular la adhesión de los Balcanes occidentales en la UE y contribuir a la creación de Estados que funcionen en el territorio de la antigua URSS.

Para que esto ocurra, la UE debería ir más allá de su política de compromiso defensivo con la propuesta del presidente Medvedev a través de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). La UE debería estar abierta a la creación de nuevos tratados e instituciones, pero tendría que hacer hincapié en el hecho de que esos tratados han de ser firmados y esas instituciones creadas de abajo a arriba en lugar de arriba a abajo. La mejor manera para que la Unión logre esos objetivos es a través de la puesta en marcha de un diálogo informal a tres bandas en materia de seguridad entre la UE, Turquía y Rusia, que debería basarse en tres elementos:

1. Un diálogo europeo a tres bandas en materia de seguridad. En lugar de establecer una nueva institución, la UE debería exigir la creación de un diálogo a tres bandas regular e informal sobre la seguridad europea, que se basaría en la idea de la canciller Angela Merkel y el presidente Medvedev de un diálogo entre la UE y Rusia, pero que se ampliaría para incluir a Turquía. El triálogo –que agruparía a las principales potencias europeas en materia de seguridad de la misma manera que el G-20 congrega a las potencias económicas del mundo– podría reunirse periódicamente para debatir las principales cuestiones de seguridad del continente y la superposición de las vecindades de sus actores.

2. Un plan de acción de seguridad europea. La primera misión del diálogo a tres bandas debería ser la elaboración de un plan de acción para reducir tensiones en el continente europeo. Dicho plan podría incluir una serie de objetivos, como la reducción de la amenaza de desestabilización de la periferia de Europa mediante la desmilitarización de las regiones más volátiles y la resolución de los conflictos congelados que siguen siendo la principal fuente de inseguridad. La solución de esos conflictos debería ser un requisito para la firma de cualquier nuevo tratado.

3. Un tratado europeo de seguridad. Los líderes de la UE no se equivocan al sospechar de las ventajas de negociar un tratado antes de que Rusia haya demostrado su voluntad de hacer progresos en los numerosos y apremiantes desafíos de seguridad que tiene el continente europeo. Sin embargo, los Estados de la UE también tendrían mucho que ganar con un nuevo tratado, si –claro está– este es la culminación de un proceso de creación de confianza. Si la UE fuera signataria de un tratado de este tipo, quedaría institucionalizada como actor clave en materia de seguridad en Europa y estaría capacitada para utilizar la variedad de herramientas que tiene a su disposición para abordar las amenazas a las que se enfrentan sus Estados miembros.

Este enfoque respecto a la seguridad europea sería positivo para la UE porque reconocería su papel como pilar central para la seguridad en el continente, imprimiendo así un poderoso impulso a un auténtico debate estratégico entre los Estados miembros sobre el tipo de orden que la UE debería promover. Con la institucionalización del papel de la Unión en el diálogo a tres bandas en este ámbito en Europa, los países miembros podrían poner fin a la anomalía que supone que la UE –un importante garante de la seguridad europea– no esté representada en ninguna de las instituciones de nuestro continente para la seguridad. Esto es tanto un movimiento natural hacia la implementación del Tratado de Lisboa como una respuesta a un cambio en las preocupaciones de la UE respecto a la seguridad. Como indica el estudio llevado a cabo para esta investigación, la Unión está mejor situada para abordar las amenazas en las que se centran cada vez más sus élites dedicadas al ámbito de la seguridad.

Entretanto, Rusia, consideraría el compromiso de la Unión con la nueva estructura de seguridad como el reconocimiento de su relevancia como potencia europea en un momento en que el continente en su conjunto corre el riesgo de quedar marginado. El triálogo también reconocería el papel de Turquía como potencia emergente y comenzaría a constituirse como un pilar para el activismo de su política exterior, en un momento muy delicado en el que este país está perdiendo confianza en la sinceridad del proceso de adhesión. Las negociaciones para el ingreso de Turquía en la UE seguirían su curso junto con el diálogo a tres bandas, y tendría sentido utilizar el establecimiento de ese diálogo como una ocasión para abrir capítulos sobre seguridad energética y política de defensa y seguridad común. Cuando Turquía se convierta en miembro de la UE, el triálogo simplemente se transformaría en un diálogo entre la Unión y Rusia. Este enfoque trilateral también podría ser atractivo para los recién independizados Estados de la periferia de Europa, porque crearía nuevos mecanismos para abordar algunos de los desafíos existenciales a los que deben hacer frente, como los conflictos congelados y las disputas energéticas.

El dilema que tiene ante sí la UE en su propio continente es en cierto modo similar al que se enfrenta EE UU a nivel global. Poco puede hacer la Unión para evitar la evolución de Europa de un orden unipolar a otro multipolar; pero puede hacer mucho para moldear las relaciones entre sus polos emergentes. El nuevo enfoque sacaría partido de una apertura política creada por el deseo de Moscú de modernizarse y por el intento de Ankara de asumir un papel regional, y cambiaría el orden institucional del continente por un mundo en que Europa es cada vez más periférica y en que un vecino débil puede asustar tanto como otro fuerte. Sería el primer paso hacia la creación de una Europa trilateral en lugar de tripolar: un nuevo orden institucional en el continente que (parafraseando a lord Ismay) mantenga una UE unida, una Rusia postimperial y una Turquía europea.

Mark Leonard e Ivan Krastev – Política Exterior 139
Mark Leonard es cofundador y director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (www.ecfr.eu). Ivan Krastev es presidente del consejo del Centre for Liberal Strategies de Bulgaria y miembro permanente del Instituto de Ciencias Humanas IWM de Viena.

http://www.politicaexterior.com/articulo?id=4550

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La gira europea de Obama

El presidente de Estados Unidos, Barack H. Obama, aterrizó en Londres el 1 de abril para iniciar una gira vertiginosa que le llevaría en una semana a tres cumbres de gran importancia para Europa: la del G-20, la de la OTAN y, finalmente, una de carácter extraordinario entre EE UU y la Unión Europea, amén de pronunciar dos discursos públicos, efectuar una visita a Turquía y mantener numerosos encuentros bilaterales con otros dirigentes mundiales. Precisamente los dos primeros de estos encuentros, el mismo día de su llegada, no fueron con políticos europeos sino con el presidente chino, Hu Jintao, con quien acordó establecer un diálogo económico y estratégico permanente, y con el ruso, Dmitri Medvedev, con quien se comprometió a abordar una reducción bilateral de las armas nucleares estratégicas que podría afectar hasta a un tercio de las actualmente disponibles. Sin duda, una excelente noticia para Europa y para el mundo.

La reunión del G-20, que tuvo lugar en Londres el 2 de abril, se saldó con un éxito moderado pero satisfactorio para sus participantes, pues al menos produjo más decisiones prácticas que su predecesora celebrada en Washington, en noviembre de 2008. El objetivo públicamente compartido era diseñar una nueva arquitectura del sistema financiero mundial para sustituir a la que nos ha conducido a la actual situación. Las diferencias iniciales, al menos sobre el papel, consistían en el énfasis que se ponía por parte del presidente francés, Nicolas Sarkozy, y de la canciller alemana, Angela Merkel, en la supervisión y regulación del sistema financiero (“hablaremos con una sola voz”, afirmó Sarkozy), frente a la solicitud por parte de Obama a los europeos de que aprobasen nuevos planes de estímulo fiscal para relanzar sus economías.

El acuerdo fue, sin embargo, fácil de alcanzar. Cada país decidirá si inyecta en su economía más dinero público, pero el comunicado final incluye un compromiso para reactivar el crecimiento, y cifra en cinco billones de dólares el dinero que se empleará hasta final de año, en su mayoría comprometido previamente. Por su parte, los sistemas de regulación se extenderán por primera vez a los fondos de alto riesgo (hedge funds) importantes y a las agencias de calificación de riesgo. Además, se aprobarán nuevos criterios sobre las retribuciones y sobre la responsabilidad social corporativa de las empresas, así como normas más estrictas para las reservas bancarias.

Para llevar a cabo estas acciones se reforzará el Foro de Estabilidad Financiera (FEF), que se transforma en Consejo de Estabilidad Financiera (CEF), añadiendo a sus miembros originales –G-7 más Australia, Holanda, Hong Kong, Singapur, Suiza y varias instituciones internacionales– los países emergentes del G-20, así como España y la Comisión Europea. Su tarea será la supervisión del sistema financiero internacional y el asesoramiento a los gobiernos e instituciones para evitar que se produzcan nuevas crisis, aunque por ahora estará lejos de convertirse en un “regulador universal” como lo ha calificado Sarkozy.

El FEF fue creado en abril de 1999 para reforzar la estabilidad financiera internacional y evitar que se repitieran crisis como la que se originó en Tailandia y afectó a parte de Asia en el segundo semestre de 1997. Su fracaso en prevenir la crisis financiera actual –originada en uno de sus miembros– bien por falta de previsión bien porque no fue escuchado, no invita al optimismo respecto a la eficacia futura del órgano equivalente que le sucede.

Se abordó también el problema de los paraísos fiscales, contra los que se anunciaron sanciones si mantienen su opacidad. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ha elaborado una lista negra con cuatro paraísos fiscales, otra gris con 30 que se han comprometido a colaborar pero aún no lo han hecho, y otra con ocho que, aunque no son paraísos fiscales, no son cooperativos. Entre estos últimos, hay tres pertenecientes a la UE: Austria, Bélgica y Luxemburgo. Los cuatro de la lista negra pasaron a los pocos días a la gris, ofreciendo las mismas promesas que los que ya estaban en ella. El G-20 afirma rotundamente que la época del secreto bancario se ha terminado, pero las dudas persistirán hasta que estas promesas de transparencia sean traducidas en acuerdos concretos, los controles sean establecidos e implementados y demuestren su eficacia de forma generalizada.

La arquitectura del sistema financiero la formarán, además del CEF, las mismas instituciones que existen ahora, aunque reforzadas: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, así como la Organización Mundial del Comercio (OMC) en lo que atañe a su particular competencia. El FMI verá triplicarse sus fondos actuales con 500.000 millones de dólares adicionales (aunque por el momento sólo hay acuerdo para desembolsar la mitad), a los que habría que sumar otros 250.000 de derechos especiales de giro y 100.000 más para préstamos de los bancos de desarrollo multilaterales. Tanto el FMI como el Banco Mundial serán reformados en cuanto a las aportaciones y los derechos de voto de los países, y la elección de sus dirigentes se basará en la competencia, olvidando los tácitos repartos existentes entre EE UU y Europa.

El aspecto en el que los resultados del G-20 han sido más débiles ha sido el de la lucha contra el proteccionismo, que es considerada por la mayoría de los especialistas como absolutamente esencial para acabar con la crisis económica mundial. La OMC se encargará de vigilar que no se pongan en marcha medidas proteccionistas y se deroguen las que ya lo están –a lo que se han comprometido los participantes– pero no se habla de posibles sanciones, y hay apenas una mención a la necesidad de cerrar la Ronda de Doha, pero sin fecha, tras el fracaso de la recomendación hecha en Washington en noviembre, de completarla antes de finalizar 2008. Este asunto será posiblemente abordado con más entusiasmo en la próxima reunión del G-20, prevista en septiembre en Nueva York.

La nueva arquitectura financiera no es, por tanto, tan nueva. Las mismas instituciones, con pocos cambios, y un tímido avance hacia una regulación global y una supresión de los instrumentos financieros opacos, que puede quedarse en nada en cuanto la reactivación económica relaje las tensiones actuales. El desiderátum de una economía mundial justa y sostenible, recogido en el comunicado final de la reunión, no parece alcanzable por el momento con tan escasa voluntad de transformación, a no ser que se persevere y se profundice con determinación en el camino emprendido, lo que no será fácil dadas las diferentes percepciones de los problemas y las soluciones.

Los resultados de esta cumbre confirman que el G-20 resulta ya un foro indispensable para tomar las decisiones relativas a la economía global y seguirá teniendo un papel relevante en el futuro. Su representatividad –agrupa más del 80 por cien de la producción y dos tercios de la población mundial– y el hecho fundamental de que estén representados en él los países emergentes encabezados por China, que sale muy reforzada de esta reunión, le convierten en la institución de referencia, superando al G-7 o G-8, aunque siga habiendo reuniones a este nivel como la que tendrá lugar en verano en Cerdeña.

La cumbre de la OTAN, que celebraba el 60º aniversario de la firma del Tratado de Washington, tuvo lugar a ambos lados del Rin, en Estrasburgo (Francia) y Kehl (Alemania), el 3 y 4 de abril. Esta reunión se había presentado como histórica, no sólo por la conmemoración, sino porque se pretendía iniciar con ella el camino de una transformación de la OTAN en una fuerza de prevención de conflictos, para adaptarla definitivamente a los escenarios estratégicos del siglo XXI. Los resultados fueron, no obstante, bastante modestos, ya que la cumbre ofreció pocas novedades, más allá del previsto ingreso de Albania y Croacia –que eleva a 28 el número de miembros– y de la varias veces anunciada incorporación de Francia a la estructura militar integrada, que no cambia mucho las cosas pues los militares franceses están de vuelta en el Comité Militar desde 1995, y en los cuarteles generales de la estructura militar desde 2004.

Los aliados confirmaron su voluntad de reanudar el diálogo con Rusia en el marco del Consejo OTAN-Rusia, algo que ya había sido decidido previamente y manifestado públicamente por Washington, y aprobaron dos declaraciones además del habitual comunicado final. Una de ellas, la referida a la seguridad de la Alianza, reafirma sus valores, principios y propósitos básicos, después de 60 años de existencia, aunque abre la puerta a reformas encargando la redacción de un nuevo Concepto Estratégico, el tercero desde el fin de la guerra fría pero el primero después del 11-S, que debería estar listo para la próxima cumbre –prevista para 2010–, aunque el acuerdo a 28 en un documento de esta importancia no será precisamente fácil.

La otra declaración fue la referida a Afganistán, que se define como la prioridad actual absoluta de la OTAN. La administración Obama tiene muy claro que acabar con la amenaza que representa el terrorismo islamista originado entre Afganistán y Pakistán (Af-Pak) es el objetivo principal, si no el único, de la misión de la Alianza y de sus esfuerzos en aquel país, aunque está dispuesto a hacer más hincapié en las soluciones políticas y en el reforzamiento del gobierno afgano que en las puramente militares. La cumbre, no obstante, se mantiene en los términos ya aprobados en Bucarest, insistiendo en la “afganización”, para lo que se crea una nueva misión de adiestramiento. Los europeos han ofrecido desplegar 5.000 militares más, aunque 3.000 de ellos sólo irán para apoyar las elecciones presidenciales que tendrán lugar en agosto, además de más dinero para asistencia civil y adiestramiento del ejército afgano. Compromiso modesto, si se compara con los 21.000 militares adicionales que se propone desplegar EE UU.

La elección como nuevo secretario general de la Alianza del jefe de gobierno danés, Anders Fogh Rasmussen, estuvo a punto de crear una crisis por la oposición del presidente turco, Abdulá Gül, respaldada desde Ankara por su primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, que le acusaban de cierta hostilidad hacia el islam, aunque finalmente la mediación de Obama y la concesión de ciertos puestos importantes a Turquía lograron vencer sus reticencias. Un episodio que no ha favorecido precisamente la imagen de Turquía en Europa.

No se puede decir que esta cumbre haya reforzado en la medida necesaria a la Alianza, que necesita sin duda una transformación mucho más profunda de la que pueda ofrecer un nuevo Concepto Estratégico, para adaptarse a una realidad muy diferente de la guerra fría, contexto en el que fue fundada. La realidad es que la OTAN sigue teniendo las mismas estructuras de mando y los mismos procesos de decisión que cuando se enfrentaba a la Unión Soviética, y la UE no existía. Mientras esto no cambie, los aliados seguirán teniendo los mismos problemas de cohesión y las decisiones importantes seguirán tomándose fuera de los foros de la Alianza.

La siguiente escala de la gira fue Praga, capital de la nación que ejerce la presidencia rotatoria del Consejo Europeo. Obama comenzó allí con un discurso público ante una multitud en el que retomó el asunto del desarme nuclear. Escuchar a un presidente de EE UU abogar por la “paz y la seguridad en un mundo sin armas nucleares” es gratificante, y más aún si no se trata de una mera declaración retórica sino que va acompañada de un paquete de iniciativas concretas, además de las ya mencionadas reducciones bilaterales con Rusia, como la ratificación por EE UU del Tratado de Prohibición de Pruebas Nucleares, la negociación de un nuevo tratado para acabar con la producción de material fisible para usos militares, la creación de un banco de combustible nuclear para usos pacíficos bajo control internacional, la convocatoria de una cumbre internacional sobre la supervisión y almacenamiento de armas nucleares y componentes, y el fortalecimiento del Tratado de No Proliferación, dotándole de más recursos y más sanciones. Esta actitud, este programa, sí que representan un cambio histórico y constituyen sin duda el proyecto más importante a largo plazo que deja tras de sí la gira europea del presidente Obama.

En Praga tuvo lugar, el 5 de abril, finalmente, la Cumbre EE UU-UE, que lógicamente fue reiterativa. En consecuencia, la reunión fue reiterativa en algunos aspectos sobre las precedentes, como al tratar la crisis económica o el asunto de Afganistán. En el aspecto económico, se acordó el reforzamiento del Consejo Económico Transatlántico, creado en 2007 para armonizar las normas comerciales y de la competencia, así como para coordinar la regulación y supervisión financiera. Hubo de nuevo una breve mención a la Ronda Doha de la OMC, asunto que será abordado en la próxima cumbre regular que tendrá lugar en Washington, en junio.

En cuanto a Afganistán, en esta cumbre se vio un poco más claramente la tendencia a un reparto de papeles en el que la UE, sin dejar de contribuir al esfuerzo militar, asumiría preferentemente responsabilidades en el campo de promover la buena gobernanza, el Estado de Derecho (rule of law) y la estabilización, para lo que el despliegue de la Fuerza de Gendarmería europea sería un paso muy positivo, así como la formación de la policía afgana a través de la misión Eupol que está en el país centroasiático desde junio de 2007. Además, la UE asume una parte importante del coste económico de la reconstrucción del país, en el que se gastarán unos 8.000 millones de euros entre 2002 y 2010.

Se trataron también algunos asuntos que no se habían abordado en las reuniones anteriores como el cierre de la base de Guantánamo, para el que EE UU solicita ayuda a la UE, o el cambio de actitud promovido por Washington respecto a Irán, país con el que se pretenden establecer lazos constructivos, manteniendo la oposición a que disponga algún día de armas nucleares, en una estrategia de doble vía (dual track) a la que los europeos se suman sin reservas. La cuestión más relevante de esta cumbre fue, con todo, la lucha contra el cambio climático, asunto en el que Obama inaugura también una era de entendimiento con la UE, y para el que ofrece su liderazgo por más que la propuesta de Washington –sus emisiones igualarían en 2020 las de 1990– es mucho más tímida que la ya aprobada por los europeos, que alcanzaría al menos una reducción del 20 por cien en ese periodo.

La nueva sintonía entre EE UU y la UE –puesta de manifiesto por Obama: “Creo en una Unión fuerte”– se vio ensombrecida cuando el presidente, siguiendo una tradición de sus últimos predecesores, instó a los europeos a acoger a Turquía como un miembro más de la UE. Tanto Sarkozy como Merkel rechazaron esta injerencia en los asuntos comunitarios, inoportuna en un momento en el que se está negociando con Ankara y sabiendo que no hay un criterio común en Europa sobre esta cuestión.

Los motivos del presidente están claros. Turquía representa para EE UU un aliado imprescindible cuyo valor ha aumentado desde el fin de la guerra fría por su capacidad de servir de puente con los países de Asia Central y facilitar el diálogo con muchos actores de Oriente Próximo y con Irán, asuntos todos ellos de primera prioridad estratégica para Washington. Pero sobre todo, la situación política turca –aún inestable– se consolidaría, desde su punto de vista, con la entrada en la Unión. Esta situación ofrece una combinación de régimen islámico y democracia que puede servir de paradigma para otros países musulmanes y contribuir a su estabilidad y a la paz. De ahí el apoyo explícito que supuso la visita de Obama a Turquía, al día siguiente de la cumbre EE UU-UE, en la que proclamó formalmente que su país no está ni estará en guerra con el islam. Algo aparentemente obvio pero que desmonta muchos argumentos, tanto entre los islamistas radicales que demonizan a Occidente para conseguir apoyos y adeptos, como entre los estrategas de la tensión –americanos y europeos– que pretendieron sustituir la amenaza soviética por un nuevo imperio del mal, islamista en este caso, que justificase el rearme continuo y el predominio de lo militar sobre lo político y de la seguridad sobre la libertad.

La mayoría de los dirigentes de la UE comparten el nuevo enfoque de la administración Obama y están por el diálogo, la cooperación y la diplomacia preventiva como medio de evitar conflictos o detener la escalada de los que ya existen, particularmente con el mundo islámico, y son conscientes de que Turquía puede ayudar mucho en este sentido. Éste es precisamente el objetivo de la Alianza de Civilizaciones promovida por los jefes de gobierno español y turco, que celebró su segundo foro en Estambul el 6 y 7 de abril, coincidiendo con la visita de Obama, aunque éste tuvo su propia agenda y sólo asistió a un acto social del foro, el último día.

Pero una cosa es mantener con Turquía una relación privilegiada y otra admitirla como miembro de pleno derecho en una Unión que tiene una clara vocación de integración política. EE UU haría muy bien en respetar la autonomía de la UE para decidir en este asunto y el ritmo con el que conduzca la negociación, del mismo modo que Europa nunca aconsejará formalmente a Washington cómo manejar sus asuntos internos, o si se quiere, como llevar sus relaciones con Canadá o México. Una opinión, expresada públicamente en una cumbre, por quien se otorga a sí mismo el papel de líder del conjunto, deja de ser una opinión y pasa a ser una presión inaceptable. El respeto mutuo es imprescindible para consolidar una nueva relación que puede y debe hacerse mucho más sólida y fructífera, a la luz de los nuevos aires políticos que vienen de Washington.

La UE sólo puede ganarse este respeto a través de su cohesión y su fortaleza. La renovada unidad de criterio, aunque no exenta de matices, mostrada por Alemania y Francia en las cumbres de abril es una buena noticia para la progresión de la primera de estas cualidades. En cuanto a la fortaleza, tendrán que promoverla los europeos con su apoyo político a las instituciones comunitarias, empezando por las elecciones al Parlamento Europeo que tendrán lugar entre el 4 y el 7 de junio.

José Enrique de Ayala – Política Exterior 129
General de Brigada en la reserva del Ejército de Tierra. Fue jefe de Estado Mayor del Eurocuerpo entre 2001 y 2003

http://www.politicaexterior.com/articulo?id=4037

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