La revuelta de las madres de las personas migrantes desaparecidas

Más de 30.000 personas han muerto intentando alcanzar las costas europeas en los últimos 5 años»; «Se estima que más de 70.000 centroamericanos perdieron la vida en México intentando llegar a Estados Unidos»; «Al menos 30.000 desaparecidos enterrados en fosas en México»…. 

Escribir y leer una y otra vez estos titulares con «murieron», «se ahogaron», «nunca llegaron» se ha convertido en la verbalización de la nada porque, como explica la psicoanalista especializada en el trauma que generan las desapariciones Anna Miñarro, “puedes decir que han desaparecido más de 35.000 personas en el Mediterráneo, pero no sabemos sus nombres, no se ha acompañado a las familias, y hay una negación institucional: ni el Estado español, italiano o maltés reconocen su responsabilidad. Todo esto genera mucha confusión y un efecto desestructurante en los progenitores, que no saben qué tienen que aceptar cuando un hijo desaparece porque no tienen datos ni nada a lo que agarrarse. No se ha hecho nada: es como si se hubiesen esfumado, como si no hubiesen existido”.

Esa nada, ese no saber, ese no tener un ramillete de huesos a los que llorar, como escribe Susana Sánchez Arins en  Dicen (De Conatus, 2019), provoca en su entorno el mismo trauma que el de las personas desaparecidas por las dictaduras española y del Cono Sur, cuyo objetivo tan retorcidamente definió uno de sus maestros, el dictador argentino Videla: “Si no están, no existen, y como no existen, no están. Los desaparecidos son eso, desaparecidos; no están ni vivos ni muertos; están desaparecidos”.

Miñarro, especializada en la Guerra Civil española, preguntada por las semejanzas del trauma generado por sus desapariciones con las provocadas por las políticas de cierre de fronteras, respondió a La Marea que “las familias de los migrantes están viviendo una catástrofe que les provoca un trauma que no pueden sanar porque no pueden hacer el duelo. Cuando tienes un familiar en un cementerio te puedes imaginar cómo le metieron en el nicho o si lo incineraron. Pero los padres y madres de los desaparecidos no pueden imaginar lo que ocurrió, por mucho que les digan que se ahogaron en un naufragio. Tampoco tienen la oportunidad de reconocer sus cuerpos, con lo cual sólo les queda exaltar la añoranza e instalarse en el silencio”. 

Sin embargo, desde hace unos años, una red de familiares de migrantes desaparecidos ha empezado a tejerse a nivel internacional. Son las buscadoras del siglo XXI –porque mayoritariamente son madres–: comparten información, estrategias para encontrar a sus seres queridos, y suman sus voces para señalar la responsabilidad de sus gobiernos, de los países de tránsito y del Norte Global, que con sus muros impermeabilizados militarmente, no dejan otra alternativa a las personas que no se resignan a lo que sus contextos les ofrece que migrar asumiendo altos riesgos para sus vidas. 

Una representación de esta red se ha sumado a la Caravana Internacional Abriendo Fronteras que esta semana viajará a Almería, Ceuta y Huelva para, un año más, poner el foco sobre territorios que se han convertido en agujeros negros para la violación de los derechos de las personas migrantes. 

Ana Gricelides Enamorado sostiene un cartel con el rostro de su hijo (Raúl Gabarrón Pardo)

En uno de los autobuses que ha partido de Madrid rumbo al sur, viaja ya Ana Gricelides Enamorado, una mujer hondureña a la que hace catorce años su único hijo, que se preparaba para estudiar Derecho, le explicó lo que ella ya sabía: que en su país –arrasado por la violencia institucional y de las pandillas– no tenía futuro, y que si quería hacer algo con su vida más que intentar salvaguardarla, debía partir. Cuando los días se sumieron en el silencio tras su última llamada desde la frontera estadounidense-mexicana, Gricelides supo que algo había pasado. Ella ya había pagado la extorsión que le habían exigido sus secuestradores antes de que la conversación se acabase abruptamente. Después, el silencio institucional.

«Cuando desaparecen a un hijo o a un ser querido, desaparecen a toda su familia. Se acabo la vida para todos», explica a La Marea. Como única salida a la impotencia, Gricelides dejó atrás su trabajo, su matrimonio y su hogar para instalarse en México y buscar ella misma a su hijo. Allí vive desde hace una década, donde se ha convertido en portavoz del Movimiento Migrante Mesoamericano (MMM), que una vez al año organiza un viaje de madres centroamericanas por la ruta migratoria para buscar a sus hijos e hijas. Recorren cantinas, albergues, prisiones…

Hay miles de migrantes en prisiones mexicanas porque son los más vulnerables y víctimas de todo: de torturas, de trata, de secuestros. Les hacen firmar confesiones de cosas que no han hecho”, nos explica esta mujer que se ha convertido, como miles de familiares de desaparecidos alrededor del mundo, en experta en medicina forense, en exhumaciones, en recogida de huesos…. Personas que nunca se imaginaron que la única finalidad de sus días iba a ser agujerear la tierra, buscar en sus entrañas, para ver si ahí encuentran lo que un día albergaron sus vientres. 

Mi hijo no desapareció, lo desaparecieron . Y no voy a parar hasta saber qué le hicieron y quiénes, porque no quiero que destruyan más familias como hicieron con la mía”. Glicelides explica que en 2015, ante la notoriedad que su lucha y la de Movimiento estaban adquiriendo a nivel nacional e internacional, autoridades del Estado de Jalisco, uno de los más violentos de México, con el arma al cinto, quisieron obligarla a aceptar que su hijo había sido hallado. Cuando exigió ver su cuerpo, lo incineraron y le presionaron para que aceptara aquella bolsa de cenizas. “Denunciamos que en este estado se han incinerado los restos de más de 2.000 personas sin cogerles ninguna prueba genética. El Estado mexicano está desapareciendo a nuestros desaparecidos”, sentencia esta mujer de mirada clara, a la que solo se le quiebra la voz cuando habla como si reviviese a su hijito, “un niño muy amado y cuidado, él lo era todo. Sin él mi vida ya solo tiene sentido si la dedico a evitar que otras madres pasen por esto”. 

Souad Zaidi con una foto de su hijo (Raúl Gabarrón Pardo)

A su lado, en la presentación de esta red que Caravana Internacional Abriendo Fronteras hizo el jueves en la madrileña Librería Traficantes de Sueños, llora en silencio, mirando al frente, a la nada, Souad Zaidi. Las costas tunecinas se han tragado a su hijo, a su sobrino y a un cuñado.

La noche del 29 de marzo de 2011 recibió de madrugada una llamada en la que su hijo le pedía que le perdonase. Estaba en alta mar. “Desde entonces no siento que esté viva”, explica esta mujer que precisamente por tener un hijo sepultado bajo las aguas del Mediterráneo, ha podido sobrevolarlas en apenas una hora en avión. Cuando no respondió a sus llamadas de vuelta, ella y su familia alquilaron barcas y se echaron a la mar a buscarle, pusieron denuncias, fueron a la capital y terminó integrándose en el movimiento de familiares de personas migrantes desaparecidas. “Hasta hemos hablado con el actual presidente de Túnez que, cargado de soberbia, nos respondió: ‘¿Qué queréis que haga?, ¿Que me ponga el bañador y vaya a buscarlos?”. 

Toma entonces la palabra Kouceila Zerguine, abogado argelino que desde 2005 está intentando judicializar las desapariciones de las personas migrantes. No solo de las resultantes de los ahogamientos en el mar, sino también de las forzadas: “cientos de personas fueron detenidas por los guardacostas argelinos en 2007 y nunca fueron llevadas a los tribunales. Seguimos desconociendo su paradero”. 

El equipo de Kourcela presentó pruebas ante las autoridades argelinas y tunecinas de que habían sido detenidas por ellas, pero nunca obtuvieron respuesta sobre su localización. Poco después, ambos gobiernos aprobaron leyes dirigidas a incriminar a las personas migrantes “tras mantener reuniones con sus homólogos europeos”, apunta. Y sentencia: “Así fue como nuestros países sustituyeron a la UE en el control migratorio”. 

Berdai Aldjia Belabed (Raúl Gabarrón Pardo)

Kourcela mira a su derecha, donde está sentada Berdai Aldjia Belabed: “Su hijo tenía una buena vida en Argelia, pero cuando le rechazaron tres veces el visado para venir a Europa, se subió a una patera”. Berdai asiente. Madre de cuatro hijos, busca a uno de ellos desde 2007. Está convencida de que fue uno de los desaparecidos por las autoridades tunecinas o argelinas. “Ellas y las de la UE son las responsables de que haya perdido a mi hijo porque todo el mundo tiene derecho a la movilidad”, explica ante una audiencia compuesta en gran medida por integrantes de la Caravana, que en ediciones anteriores han viajado a Italia y a Melilla para denunciar las consecuencias mortíferas y degradantes de la dignidad humana de la llamada Europa Fortaleza. 

La verdad es responsabilidad y por eso la UE no quiere que se sepa, porque se evidenciaría que es responsable de estas desapariciones”, sostiene Imed Soltani, miembro de la Asociación tunecina La terre pour tous (La tierra para todos, en español). Imed perdió a su sobrino en 2011, y desde entonces, ha recopilado con sus compañeros de búsqueda más de 500 nombres de personas que llegaron a Italia y de las que nunca se supo más. “Sus autoridades no admiten los vídeos que algunos de los ocupantes de las pateras grabaron cuando llegaron a sus puertos, pero sí para acusar de tráfico de personas a uno de los pescadores que los auxiliaron”, añade.

Ana Gricelides recuerda que las criminalización de las personas migrantes es ya una política global: “Nos tachan de invasores, cuando estos van armados, y los migrantes lo que llevamos es un bebe y la necesidad de salvar nuestras vidas”. Y añade que “los migrantes no somos criminales, somos trabajadores internacionales”, una consigna que es acogida con un aplauso en la sala. 

Leticia Gutiérrez, misionera con años de experiencia en el acompañamiento de los migrantes en los albergues que sortean la ruta mexicana, alerta de cómo estas personas se han convertido en una moneda de cambio para las relaciones internacionales. “Así, Estados Unidos ha conseguido que su frontera no termine en el río Bravo sino que llegue hasta Panamá”. El abogado argelino Kouceila Zerguine apostilla: “Es insoportable esta banalización de la vida humana. Las muertes de migrantes en la frontera mexicana, en el Mediterráneo o en cualquier otro lugar, tienen mucho en común, pero el dolor que provocan entre sus familias, amigos y conocidos, es único”. 

Tan único como que cuando un muchacho o una muchacha muere buscando mejorar la vida de los suyos y es sabido por sus seres queridos, gritos desgarran la quietud de su barrio, llantos atraviesan las endebles paredes de los edificios, vecinas corren a abrazar a la madre y las hermanas, vecinos entran cabizbajos en las viviendas, dan la mano al padre, besan en la cabeza a los hermanos, se sientan silentes y respetuosamente en alguna esquina de la estancia. El mundo tiembla tanto con la muerte de un hijo o una hija que cuesta creer que los gritos de dolor y los ríos de lágrimas no abran un surco rumbo al Norte, desbordando muros, derribando fronteras, abriéndose camino entre mares y ríos hasta colarse por los bajos de nuestras puertas, anegando estancias y quemando los televisores que nos muestran a los supervivientes envueltos en mantos rojos, a los fallecidos cubiertos con mantas plateadas, a los huesos siendo exhumados de fosas mexicanas, a la niña que sigue abrazando a su padre tras la muerte en la orilla del río Bravo. 

Hasta ahora, sus madres y padres se habían quedado con sus duelos quebrados dentro y la rabia atravesada en la garganta. Ahora, empiezan a organizarse para venir aquí, a donde se toman las decisiones que terminan con las vidas de sus hijos e hijas, para que, al menos, sus responsables, tengan que mirarles a la cara y escuchar sus preguntas. Como diría Galeano, esquivarán la respuesta, porque “sí se dan por muertos, enseguida vienen las preguntas, que no se pueden responder: quién mató, cuándo, dónde, cómo…”.

Familiares de personas migrantes desaparecidos y desaparecidas (Raúl (Gabarrón Pardo)


¿POR QUÉ LA MAYORÍA DE LOS BUSCADORES SON LAS MADRES?

En un reportaje que publicamos recientemente, la antropóloga mexicana Aída Hernández Castillo, que desde hace años acompaña con su equipo a uno de los grupos de familiares que buscan a sus seres queridos desaparecidos en México, confirmaba que, efectivamente, la mayoría de los buscadores son mujeres. «Cuando les preguntas la razón te dicen que ellas tienen horarios más flexibles y porque es más difícil que las maten, pero cuando indagas, no es cierto: tienen su triple jornada laboral y sí que las matan”.

Hernández, especializada en el área jurídica de la antropología social con enfoque de género por la Universidad de Stanford, añadía que muchas de estas madres «han encontrado los restos de sus seres queridos y siguen buscando porque es parte de la ética del cuidado que se nos ha adjudicado socialmente. Pero ellas han resignificado ese rol tradicional de madre; le han dado una nueva identidad política y se han convertido en la conciencia de nuestro país”. Y, quizás, de nuestro tiempo.

lamarea

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