La caída de los frívolos del Brexit ‘duro’

Los políticos van y vienen pero los problemas que crean a la gente permanecen. Lamento que la idea del Brexit no se haya ido con Davis y Johnson, pero… quién sabe”. Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, nunca se ha escondido. Desde el primer día ha dicho muy alto y muy claro que estaba muy triste por la decisión británica y que la considera es el mayor error en su historia reciente. Siempre ha dicho que causaría un daño incalculable en las islas y el continente. Pero sobre todo, siempre ha defendido que era una decisión reversible.

Ayer, una vez más, Tusk fue de cara, abofeteando a los brexiters. Los considera, como la mayoría en Bruselas, irresponsables y arrogantes, frívolos que juegan con la vida y el futuro de millones de sus ciudadanos. El domingo por la noche dimitió David Davis, el negociador jefe británico para el Brexit. Horas después, tras ser pillado a contrapié y forzado por la presión de los halcones y su inconmensurable ego, lo hizo Boris Johnson. Bruselas acogió sin sorpresa alguna la primera decisión, y con indisimulada rabia la segunda.
Hace muchos meses que Davis no es nadie. No ha sido un negociador muy capaz, nunca se involucró en el día a día y había consenso en que era una figura secundaria, una comparsa que tenían que preservar, pero que había sido desplazada por Theresa May a nivel político y por Oliver Robbins a nivel técnico. Apenas pasaba por Bruselas, se ha visto con Michel Barnier no más de cinco horas desde el inicio del año y ambos jefes de equipo ni siquiera se llamaban o mandaban mensajes con el móvil.
El caso de Johnson es diferente. Un bocazas de ambiciones desmesuradas que sacaba de quicio a casi todo el mundo. Capaz de dimitir mientras sus colegas europeos, literalmente, llevaban una hora esperándolo para una cumbre sobre los Balcanes que Londres se obcecó en organizar. La semana en la que una ciudadana británica ha muerto por un agente nervioso de una potencia extranjera. Días antes de que la OTAN y el propio Reino Unido reciban a Donald Trump con la necesidad de un mensaje de unidad. Davis era casi irrelevante, Johnson una bomba con temporizador. Como decía Churchill, en el Parlamento la oposición se siente enfrente, pero los enemigos están siempre detrás de ti. May, muy consciente, prefería tenerlos cerca, mucho más que a sus amigos.

El pesimismo, la segunda pata, llega de la mano. La cabeza de May es ahora mismo el objetivo de los brexiters, y Davis y Johnson, de la mano de Rees-Mogg, estarían encantados de cobrarse esa pieza. Bruselas necesita estabilidad en Londres porque el tiempo apremia. La Comisión presume de ser una muy política. Y su estrategia es no hacer leña del árbol caído ahora mismo. Los dos años de plazo que se abrieron tras la activación del Artículo 50 acaban en marzo de 2019 y la posibilidad de lograr un acuerdo verdadero está lejos. May no ha demostrado ser tampoco muy hábil, ni para controlar a los suyos ni para ofrecer soluciones, pero una caída del Gobierno no parece un escenario deseable. Principalmente porque no hay alternativa. De ahí la tercera y última pata, la realista. Aunque se haya dado visto bueno formal a un periodo de transición de 21 meses (desde la consumación del Brexit hasta finales de 2020) pocos creen a estas alturas que vaya a lograrse un buen acuerdo. Por eso cobra cada vez más fuerza la posibilidad de ganar tiempo. De ampliar ese plazo de dos años del Artículo 50. Hasta que haya elecciones (o un segundo referéndum, sino es la misma cosa), más claridad y algo de tranquilidad. Sería un caos, reconocer un (nuevo) fracaso. Pero también una salida que no implica el caos absoluto en los mares, las fronteras y los cielos de un día para otro. Y ése es un argumento más poderoso que cualquier soflama de Boris Johnson.

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