l Consejo Europeo debatirá esta semana el asunto más espinoso del ‘Brexit’, el viejo pleito anglo-irlandés

Irlanda ha celebrado la fiesta nacional de San Patricio con optimismo. Cuatro años con el crecimiento más alto de la UE y en el útimo han subido los salarios. Donald Trump recibió al primer ministro, Leo Varadkar, con quien cuajó «una rápida amistad», como prólogo de la celebración por la diáspora. Tras la entrevista, Trump prometió considerar el caso de los 50.000 irlandeses sin papeles en Estados Unidos.

La selección de rugby ha ganado el torneo de las Seis Naciones y el Grand Slam contra todos sus rivales, batiendo a Inglaterra en Twickenham. Yeguas de las cuadras irlandesas han triunfado en el festival anual de ‘steeplechase’ en el hipódromo inglés de Cheltenham. Y Dublín ha logrado que el Consejo Europeo exija al Gobierno británico una solución a la regresión política que significaría la construcción de aduanas en la frontera irlandesa como consecuencia del ‘Brexit’.

La frontera fue trazada, en el primer cuarto del siglo XX, cuando los unionistas probritánicos, descendientes de angloirlandeses residentes en la isla desde el siglo XII o colonos protestantes ‘plantados’ por la corona inglesa o por terratenientes privados en los siglos XVI y XVII, se opusieron a que los condados del nordeste de la isla en los que eran mayoría formasen parte del autogobierno irlandés, que veían como una tiranía del Vaticano.

La próxima semana, el Consejo de la UE debatirá un borrador de la Comisión, sobre los aspectos prácticos de la marcha británica de la UE, que propone que la frontera comercial se traslade al perímetro de la isla. Los unionistas norirlandeses y la primera ministra británica, Theresa May, lo rechazaron con rabia porque quebraría el mercado interno británico y fomentaría una reunificación política de las dos Irlandas dentro de la UE.

La diplomacia del ‘Brexit’ ha sentado bien a un ‘taoiseach’, jefe de Gobierno, que parecía poco indicado para reavivar el ideal nacional. Lidera un partido, Fine Gael, heredero de quienes negociaron la partición. Es hijo de un doctor indio y de una enfermera irlandesa que se conocieron en Inglaterra. Económicamente liberal, quiere aligerar el clientelismo corporativo de un sistema cuyas vergüenzas se desnudaron en la debacle financiera de 2008.

Reproches de unionistas o ‘brexiters’ a la diplomacia firme de Dublín despiden en algunos casos el aroma de la condescendencia que ha tenido el poder británico hacia lo irlandés y del supremacismo protestante ante los católicos, que se arrodillan ante iconos o confesores. Pero en la república de Varadkar, que es gay mientras los presbiterianos rechazan en el Norte una ley de igualdad y que decidirá en mayo la liberalización del aborto en un referéndum, también se le critica por jugar un póker sin buenas cartas.

‘Brexit’ e ‘Irexit’

La historia de la República de Éire es una lección sobre los límites de las soberanías. Durante toda su historia, la libra irlandesa, ‘punt’, fue acolchonada por las autoridades de Dublín para seguir la ruta de la moneda británica. Desde 1999 hasta 2007, el euro y el ‘pound’ británico fueron estables, con una paridad de 1,5 a 1. Ahora, una libra vale poco más que 1,10 euros.

Ningún país de la UE sufrirá con el ‘Brexit’ el daño de Irlanda. Según cifras del ‘Financial Times’, Dublín ha sido confirmada como destino de 14 empresas del sector financiero establecidas en Londres, más que ninguna otra ciudad europea, e iguala a Fráncfort en la cifra de nuevos empleos captados, 4.800, la mitad que París. Pero el 40% de las exportaciones irlandesas de agroalimentación van a Reino Unido.

Aranceles y la firma futura de tratados comerciales por Londres con Nueva Zelanda o América Latina «diezmarían» un sector que significa el 8,6% del empleo, según expresión de Dan O’Brien, economista jefe del Instituto Irlandés de Asuntos Europeos. Pequeñas y medianas empresas industriales dependientes del mercado británico tendrían muchas dificultades para adaptarse a un ‘Brexit’ duro.

Un exdiplomático, Ray Bassett, y un prominente economista, Ray Kinsella, son los defensores singulares del ‘Irexit’. Proponen que Irlanda acompañe a Reino Unido fuera de la UE, con la misma sincronía de su acceso conjunto, en 1973. Al daño comercial se añaden dos incertidumbres. Una UE sin Reino Unido quizás emprendería una armonización fiscal que ponga en peligro el atractivo del 12.5% irlandés en el impuesto de sociedades y una coordinación geoestratégica contraria a la neutralidad tradicional de la república.

Pero la pertenencia a la UE es apoyada por la gran mayoría en los sondeos y no se discute en el sistema político. Una Dublín cosmopolita se puebla se ciclistas cada mañana y en los ‘Silicon Docks’- las dársenas portuarias convertidas en sedes de grandes multinacionales de internet y de las finanzas- no cesa la actividad de escavadoras y de grúas. Los ingresos fiscales de esa economía permiten al Gobierno de Varadkar diseñar un plan de modernización de infraestructuras de más de 100.000 millones de euros. Es un contexto que favorece que la nueva batalla sobre la frontera irlandesa sea esta vez diplomática y pacífica.

laverdad

 

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