Johnson quiere sustituir la BBC por un canal como la Fox estadounidense

Disfrazado a veces de un populismo al estilo peronista o joseantoniano, según la conveniencia, el Reino Unido tiene al Gobierno más de derechas de su historia moderna, hasta el punto de que Margaret Thatcher parece una simple aprendiz de ultraconservadora, una mera precursora, una precuela, como en las películas de Batman o La guerra de las galaxias . Es a Boris Johnson, por decirlo de alguna manera, el equivalente de Ronald Reagan o George Bush padre a Donald Trump.

Es por eso que uno de los grandes objetivos de quienes mandan ahora en el 10 de Downing Street es debilitar lo más posible a la BBC, hasta el punto de relegarla a un mero papel de difusión de documentales y programas culturales, y que de la información –o manipulación de la información– se encargue una cadena ideológicamente ultraderechista y sin mayores escrúpulos, al estilo de la Fox en Estados Unidos. Hace tiempo que los tories se esfuerzan todo lo posible por acabar con el virtual monopolio de la tele pública y abrir el mercado a los canales de su amigo Rupert Murdoch, cuyos medios han apoyado el Brexit.

Cummings, el ideólogo de Johnson, ha dicho que “primero hay que debilitar a la BBC y luego liquidarla”

La BBC es una de las grandes instituciones del país junto a la monarquía, los autobuses de dos pisos y el té de las cinco (las cabinas rojas de teléfonos han caído de la lista, liquidadas por los móviles), muy arraigada en la cultura popular, y hasta ahora se las ha ingeniado para sobrevivir a todos los ataques. Pero esta vez va mucho más en serio, no se trata de una simple embestida sino de una guerra con todas las de la ley, como ya demostró Johnson rompiendo la tradición durante la campaña y negándose a conceder una entrevista al durísimo periodista Andrew Sullivan, como hizo el laborista Corbyn (que por supuesto salió trasquilado). Tras ganar las elecciones, ha dado instrucciones a sus ministros de que no vayan al programa radiofónico Today , como era habitual, para controlar por completo el mensaje.

La inesperada dimisión –sin informar al Gobierno, un gesto que no ha gustado a Johnson– del director general de la BBC Tony Hall se sitúa en este contexto. El lord ha renunciado a un salario de más de medio millón de euros al año para no tener que supervisar el descuartizamiento de la tieta , como llaman –o llamaban– cariñosamente a la BBC los británicos, antes de que Amazon, Netflix, Google, Apple y demás plataformas multinacionales invadieran el mercado televisivo e hicieran casi obsoletos los canales convencionales. Ese es uno de los principales argumentos de los tories : ¿por qué la gente ha de pagar obligatoriamente una licencia (unos 175 euros anuales) para financiar una radiotelevisión pública que apenas ve, cuando podría dedicar ese dinero a pagar suscripciones por los programas que le interesan?

Pero detrás de la defensa ideológica del libre mercado se encuentra el interés político. En una serie de escritos y conferencias, hace tiempo que Dominic Cummings –el principal asesor de Johnson e ideólogo del Gobierno y del Brexit– muestra sus cartas: la radiotelevisión estatal –ha dicho– “es el principal enemigo de los conservadores, al tener prohibida la propaganda política que permite el acceso directo a los votantes y regirse por normas de imparcialidad”. A su juicio, “hay que hacer dos cosas: primero, minar su credibilidad, y segundo, una vez debilitada, reemplazar por el equivalente de la Fox en Estados Unidos”.

Johnson ha hecho hasta ahora caso en todo a Cummings –la estrategia del Brexit, la de la campaña electoral, un cambio radical del funcionariado para reemplazar a los burócratas no afines a ningún partido por fichajes conservadores–, de modo que no hay razones para pensar que no hará lo mismo con la BBC. De entrada, ya ha indicado que va a despenalizar el impago de la licencia, que se ha de renegociar en el 2022. La existencia de la legendaria radiotelevisión estatal británica nunca había estado tan amenazada.

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