El olvidado imperio del cacao reactiva el ‘turismo de chocolate’ en Brasil

La ciudad brasileña de Ilhéus guarda un importante acervo de la historia del país en la que el cacao, que perdió espacio por plagas agrícolas, descuido y sequías, vuelve a ser una motivación de la población para recuperar el sello del ‘turismo de chocolate’ y reescribir la obra de Jorge Amado.

El objetivo de la población es ‘reencender’ el cultivo de la ‘fruta de los dioses’ en la región, trabajando con la recuperación histórica de locales como el Río do Braço, primer distrito de Ilhéus y antigua estación de tren de la región, por donde circulaba el cacao entre los años 1920 y 1930.

El lugar está en ruinas y la sequía de 2016 afectó a los ‘cacaeros’ que todavía tenían plantaciones allí.

Con el propósito de recuperar el espacio como patrimonio histórico y cultural, el empresario Lucas Kruschewsky lidera un proyecto para la restauración del Río do Braço.

“El Río do Braço es el primer distrito de Ilheús, importantísimo. Fue escenario de novela, de película, está en las páginas de Jorge Amado y, por eso, el trabajo es de rescate cultural e histórico”, explicó el empresario y activista.

La primera actividad fue transformar las ruinas del galpón central por donde llegaban los costales de cacao en un restaurante de comida típica bahiana, para atraer a residentes de los alrededores y a turistas.

Según Kruschewsky solo de esta manera será posible “involucrar” a la población para proponer una restauración colectiva y voluntaria en el área y, como consecuencia, recuperar las ganas de los jóvenes productores en plantar cacao y producir lo que se clasifica como chocolate de origen, aquel con mayor concentración de la semilla.

“Los mejores productores de chocolate son los europeos, pero ellos no tiene ningún árbol de cacao plantado. Por eso, además de internacionalizar la cultura del cacao, el objetivo es valorizar lo que nosotros tenemos, nuestro chocolate de calidad y saludable”, destacó.

La ciudad continúa explorando el comercio de productos derivados del cacao, entre ellos artesanías, productos de belleza e higiene, además de la propia gastronomía que fue reforzada con la traducción a varios idiomas de “Gabriela, clavo y canela”, una de las obras célebres de Amado (1912-2001).

“Si no fuese por Jorge Amado, tal vez nuestra historia de las haciendas de cacao y nuestras bellezas naturales que están tan olvidadas por el poder público también sería una ruta ignorada por los turistas”, comentó la profesora jubilada Ana María Oliveira.

Con el más extenso litoral en Bahía, conocido como ‘Costa del Cacao’, el municipio es uno de los primeros de Brasil, fundado en 1536, y conserva en la arquitectura del centro de la ciudadela las marcas de la era colonial portuguesa, como las estatua de la poetisa griega Safo, llevada en barco por los portugueses entre 1924 y 1927.

Las fachadas de las casas también mantienen las iniciales de los ‘barones del cacao’, como eran llamados los ‘coroneles’ (terratenientes) y una de ellas se transformó en la Casa de Cultura y Museo Jorge Amado, donde está la historia de la ciudad retratada por la colección de objetos cedidos por la familia del autor.

De las páginas de los libros a los panfletos de itinerarios turísticos, Ilhéus pasa por una fase de transición entre el ‘coronelismo’ de las décadas de 1920 y 1930 y la tentativa de ser un punto de parada de turistas brasileños y latinos, especialmente después de la apertura de un aeropuerto en la ciudad.

Pensando en esto, muchos ‘resorts’ instalados allí, como el Cana Brava, surgieron de posadas familiares que se transformaron en un motor para impulsar un turismo más barato en el nordeste.

El director del Cana Brava, Rafael do Espírito Santo, forma parte de un grupo de empresarios que ‘vende’ el concepto del llamado ‘turismo de chocolate’.

El turismo de la ciudad es el resultado histórico de las generaciones de ‘cacaeros’, que en el ecosistema de la Mata Atlántica pasaron por veinte años sin exportar a Europa y dejaron a los hijos y nietos el cuidado y la preservación de la ‘cultura del cacao’.

“Sinceramente, nunca comí nada tan bueno como el cacao”, exclamó el pequeño Bento, de siete años, y que crece entre las haciendas cacahuales y la historias de los extintos ‘coroneles’ contadas por sus abuelos.

expansion.com

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