China llega tarde para desactivar la ‘bomba’ demográfica

Nunca antes en la historia se concentraron en un país 215 millones de personas mayores de 60 años. Ningún otro país del mundo envejece al ritmo que lo está haciendo China. A mediados de este siglo, 480 millones de chinos serán sexagenarios, más del 30% de la población, según la predicción de las Naciones Unidas, lo que provocará un envejecimiento extremo de la sociedad. La abolición el 29 de octubre de lapolítica del hijo único, impuesta por el Partido Comunista (PCCh) en 1979 en aras del crecimiento económico, pretende detener una bomba de relojería de incalculables consecuencias, aunque la medida parece llegar demasiado tarde.

En diciembre de 2014, la Academia de Ciencias Sociales de China advirtió de que la tasa de fertilidad nacional se había reducido hasta 1,4 hijos por mujer. Muy lejos del 2,1 necesarios para garantizar a largo plazo la reposición demográfica. Muy cerca del 1,3 de la llamada “trampa de la baja fertilidad”, porque ningún país de los que han descendido hasta ella ha sido capaz de remontarla. Sería muy grave que China cayera en esa trampa, que afecta, sobre todo, a países ricos como Japón, Singapur, Alemania o Corea del Sur. El Imperio del Centro no cuenta para abordar el problema del envejecimiento con las herramientas de esos países, ya que se encuentra aún en vías de desarrollo.

Después de constatar el fracaso de la primera medida de flexibilización del control de natalidad, Pekín ha decidido poner fin a su controvertida política del hijo único y permitir un segundo. En 2013 autorizó ese segundo descendiente a las parejas en las que uno de los miembros es hijo único. Hasta entonces, solo se autorizaba tener dos vástagos a las minorías nacionales (9% de la población), a los campesinos cuyo primer alumbramiento fuese una niña y a los matrimonios en que tanto el padre como la madre fuesen hijos únicos. En mayo de 2015, la Comisión Nacional de Salud y Planificación Familiar indicó que de los 11 millones de parejas elegibles, solo 800.000 habían solicitado el permiso para su segundo embarazo: una de cada 14.

Con 1.376 millones de habitantes, la población en edad de trabajar –entre los 16 y los 59 años– se contrae desde hace tres años. En 2014, la reducción de esta franja poblacional fue de 3,7 millones de personas, lo que se traduce en alza de salarios y falta de mano de obra. Es evidente que si la población activa pasa de crecer el 2% anual a reducirse el 1% se producirá un impacto negativo en el crecimiento económico, el objetivo por el que se puso en marcha el control de natalidad. Las autoridades aseguran que la política de hijo único ha impedido el nacimiento de 400 millones de niños.

El envejecimiento de la población en los países desarrollados comenzó cuando el PIB de estos se había situado en un promedio de 10.000 dólares anuales (9.309 euros al cambio actual), mientras que la sociedad china empezó a envejecer en 1999, cuando el PIB per cápita apenas alcanzaba los 3.000 dólares. Además, el país se encontraba en plena reforma económica, con la introducción de los principios del mercado y pérdida de los beneficios sociales del maoísmo, sin seguros ni de pensiones ni de salud.

“El rápido envejecimiento de la población afecta al crecimiento económico y es algo que debemos atajar”, declaró al diario en inglés China Daily Yang Wengzhuang, miembro de la Comisión Nacional de Salud y Planificación Familiar, al comentar la decisión de autorizar a todas las parejas a tener un segundo hijo. La medida, sin embargo, llega demasiado tarde. En noviembre de 2014, una encuesta realizada por el Diario de la Juventud reveló que el 58% de los más de 2.000 consultados no deseaba un segundo hijo debido al alto coste económico que supone su educación y al mucho tiempo de atención que requiere un niño. Otro de los problemas aducidos para no ampliar la familia fue el complicado proceso que hay que seguir para obtener la autorización.

Dar la vuelta a 35 años de coerción de la natalidad no será fácil, sobre todo porque se inició cuando el 80% de la población era campesina y precisaba de la ayuda de los hijos para labrar la tierra, mientras que hoy la población urbana se sitúa en el 55%. Al contrario que en los países ricos, donde la natalidad se redujo al incorporarse la mujer al trabajo, descender la mortalidad infantil y retrasarse la edad del matrimonio, en China primero se controló la natalidad y luego aparecieron esos rasgos de las sociedades desarrolladas, incluido el envejecimiento poblacional.

Terminada la guerra civil en 1949, Mao Zedong puso en marcha políticas activas de natalidad –“una boca son dos brazos”—que desataron  el baby boom de las décadas 50 y 60 del pasado siglo. Los niños de entonces y engrosan hoy las filas de los jubilados. Uno de los mayores problemas que China encara ante el envejecimiento de su sociedad es la necesidad de elevar la edad de jubilación, algo que choca con la oposición frontal de la mayoría de la población. Las mujeres que realizan labores manuales se jubilan a los 50 años y a los 55, las profesionales y funcionarias. Los hombres cinco años más tarde en cada una de esas categorías.

Al envejecimiento de la población  también ha contribuido el aumento de la esperanza de vida, que en China asciende a los 75,35 años, en el rango medio-alto respecto al resto de países. Este avance es esgrimido por los demógrafos para abogar por el incremento en la edad de jubilación. De momento, el gobierno ha hecho oídos sordos a esa medida tan impopular.

En un momento de incertidumbre económica y malestar social, Xi Jinping, el presidente con más liderazgo desde Mao Zedong, ha optado por aplacar  el descontento con medidas sociales. Por una parte, se ha comprometido a extender las pensiones a toda la población y a establecer un sistema de garantía de subsistencia y un servicio médico al adulto mayor. Por otra, ha puesto fin a la política por la que se han derramado más lágrimas en China: el hijo único.

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